Capítulo 1: Cosecharás tu siembra

Imagen de proyecto 365 días 365 fotos (año 2009)

Vamos por partes, vamos por capítulos, así me da el tiempo y tampoco queda extenso para leer. Los últimos 10 días fueron un vendaval de cambios, sensaciones, despedidas, bienvenidas, acomodamientos, reflexiones, decisiones… uff!! Sentimentalmente algo muy estresante pero de balance positivo.

El primer capítulo empezó hace un mes, cuando en la sala de profesores Claudia me dijo: “Y seguís en ese colegio privado?? Yo pensé que cuando consiguieras otra cosa lo ibas a dejar”. Algo me hizo clic en la cabeza. Me habían conformado con un horario decente por presión de la supervisión y una pseudo tranquilidad de esas que anteceden al huracán. Yo sabía, inconscientemente, todo eso. Pero en el consciente estaba feliz y desechaba oportunidades de cambio por evitar la incomodidad de cambiar.

Claudia me despertó, y ese mismo jueves pedí salir antes y fui a tomar horas a una escuela técnica del barrio; mi idea era tomar horas que calzaran con el colegio que tenía en el turno de la tarde; pero encontré allí a Liliana que me dijo: “hay un paquete buenísimo para el turno tarde, tomalo!!”; otra profesora (hoy mi colega) también insisitió, y como era la única que se presentó para Geografía (cosa habitual en estos días), tomé el paquete, aún cuando me obligaba a dejar de lado el colegio donde trabajaba por la tarde desde el año pasado, en el que tantos aprendizajes había tenido. Pero me tiré a la pileta.

Por esas cosas de la burocracia, la designación definitiva tardó casi un mes. Tres semanas para ser exacto. Yo seguía yendo de lunes a jueves por la tarde a la otra escuela a dar clases, y muchas veces me despedía sin saber si regresaría al día siguiente con la novedad de que era la última clase. A diferencia del año pasado, el curso era lindísimo. Un segundo año muy cálido y trabajador; menos mal, porque entre las clases de Historia y Geografía, nos veíamos cuatro veces por semana.

La designación en mi nuevo cargo salió de improviso, como era de esperar. Y así de improviso, tuve que dejar a mi mejor curso. Entré ese día a la escuela preguntándome si había hecho bien, si no habría cometido una locura; ¿qué necesidad tenía yo de cambiar? ¿dejar colgados a los chicos? A diferencia del año pasado, este año eraon un grupo hermoso. El año pasado me recibieron diciéndome que algo me iba a pasar, que no iba a durar, y que en esa escuela me iban a robar. El año pasado ninguno (o pocos) tenían edad para estar en el curso en el que estaban… casi todos cargaban con experiencias de múltiple repitencia, adicción, etc. Este año eran un grupo homogéneo de chicos de 14 años, alguno infiltrado más grande, todos con ganas de crecer y mejorar, se les notaba en las caras y en la expectación que tenían desde el primer día que llegué.

Entré al aula y di clase. Nos tocaban las revueltas campesinas del siglo XIII. Corregimos la tarea, armamos un cuadro conceptual, y después, leimos un documento entre todos. Ellos leían, yo los miraba con nostalgia. Entonces sonó el primer timbre. Me quedaban 40 minutos. Como la vida está llena de paradojas, justo ese día ellos se engancharon y querían seguir leyendo pese a que yo les decía “bueno, por hoy lo dejamos ahí”, porque quería tener tiempo de despedirme. Cristian me miraba y me decía: “pero me falta un párrafo cortito nada más”, y no pude negarme al pedido de esos ojos transpartentes y llenos de chispitas. Y Lilian agitaba su mano porque tenía algo para decir, e Imanol seguía protestando porque todavía no consiguió el libro, y desde el fondo, Ángela me pinchaba con sus preguntas incisivas…

Curiosamente ninguno dijo “ya está profe, 5 minutos”. Fui yo la que dijo: “bueno, hasta acá llegamos hoy… no llevan tarea, porque hasta acá llegan conmigo…”. Se hizo un silencio… los que habían estado distraídos o conversando me miraban fijo, y alguno preguntó: “¿qué? ¿cómo? ¿se va?”… las preguntas se multiplicaban: “¿pero en geografía seguimos, no?”, y con dolor tuve que explicar las ventajas del caso y lo difícil de la decisión. Ellos protestaban, estaban verdaderamente enojados. “¿Y ahora qué hacemos?, ¡no, no se puede ir, mire si nos toca una vieja! es la mejor profesora que tenemos!”. Yo, cada vez más sorprendida, con el corazón deshecho… sentía que los estaba abandonando.

Cuando sonó el segundo timbre tirano, el de la salida, el del final, se abalanzaron sobre mí y me abrazaron, me llenaron de besos. Hubo frases que no olvidaré, tal vez porque vinieron de esas personitas que uno no imaginaba o no esperaba. Algunos de ellos tal vez estaban ahí, me miraban como perdidos, casi ni hablaban… Y me sorprendieron en la despedida. Micaela se acercó y me abrazó, no olvidaré su frase: “me alegro de haberla conocido”… Cristian me dijo: “la voy a extrañar” y yo le encomendé que siguiera adelante, no fuera que volviera a repetir… Fueron pasando uno a uno… Ruslan, Melisa, Lilian, Alan, Iván…

Ángela parecía un pollito mojado, se paró con las manitos en canasto y la cabeza gacha y muy bajito me dijo: “ahora lamento haberla hecho renegar tanto, no creí que se iba a ir, si lo hubiera sabido me hubiera portado mejor, porque yo la quiero mucho, usted es muy buena!!” La abracé y le dije que no se preocupara, que yo la comprendía y que la quería mucho, pero que aprendiera la lección y demostrara el afecto en vez de ser tan rebelde. Y al lado estaba Yanina, que viaja todos los días 3 horas de ida y 3 de vuelta para estar en ese colegio. La abracé y le dije que valoraba muchísimo su esfuerzo y que siguiera así… y como se le llenaron los ojitos de lágrimas me contagié de su emoción y largué las lágrimas que venía reteniendo. “Boluda la profe está llorando!!” se decían.

Afuera sonaba el Salve. En el patio estaban arriando la bandera. Como herejes a la patria, permanecimos en el aula cambiando abrazos y lágrimas, últimas palabras de despedida, buenos deseos. Finalmente se fueron todos, les quedó mi correo electrónico, saben que fueron mi curso preferido y el dolor que me causó dejarlos. Cuando estuve sola, junté mis petates y di rienda suelta a un llanto algo más copioso; cuando viajaba en colectivo hacia mi clase de francés, cada tanto tenía que secarme los ojos. Y en mi cabeza, así de la nada, saltó una canción: yo vengo a ofrecer mi corazón.

Siempre dije que uno entra a un aula con un libro bajo el brazo, un mapa arrollado, una “misión patriótica” que cumplir, y encuentra al otro un puñado de adolescentes que lo que menos quieren es estar allí, o al menos eso aparentan. Y que en la árdua tarea de estimularlos, acompañarlos, enseñarles, muchas veces prestamos más atención a la conjugación del verbo renegar en todas sus personas y tiempos que a los verbos disfrutar, crecer, reconocer. Pero es ese disfrute, ese crecimiento y ese reconocimiento a mi labor el que me llevé ese día; es el cariño de los chicos el que se me anuda en el pecho y me hace enfrentar con fuerza nuevos desafíos.

Otros chicos me esperan, habrá que seguir trabajando. Habrá que seguir apostando; el trabajo parece ingrato, porque muchas veces las situaciones nos llevan a ver el vaso vacío. Sin embargo, el día que vemos el vaso lleno, como me sucedió a mí en esa despedida, nos damos cuenta que tantas horas de trabajo no fueron invisibles; que tanto esfuerzo no fue infructuoso, y que nuestra vida está llena de amor, de reconocimiento. Finalmente hemos triunfado: ellos nos ven, pese a que pensemos que no; y en nuestros alumnos tenemos un puñado de esperanzas que contribuimos a formar y que ahora quedan liberadas hacia el futuro.

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2 pensamientos en “Capítulo 1: Cosecharás tu siembra

  1. ahora a seguir cosechando amiga! que emocionante tu relato, pareciera que uno va cual mosquito intruso al lado tuyo acompañandote, observando las situaciones ja ja! voy vivenciando al paso de tu relato.
    beso beso

    • Gracias amiga!! Vos igual me tuviste que aguantar en persona contarte todo esto, y faltan los capítulos 2 y 3… porque la historia no terminó ahí, como vos sabés!! Gracias por compartir conmigo estos momentos y por estar siempre!!
      Besos!! Te quiero!!

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