Cerros, lagos, mates, amigas

San Carlos de Bariloche, Argentina
19 de Enero de 2010

Bariloche 2010

Desde el Cerro Campanario

Es bonito despertar entre amigas, quedarse conversando un rato más en la cama, y después vestirse corriendo, muertas de risa, para llegar a tiempo antes de que dejen de servir desayuno. Fui la primera en despertar, y cuando sonó el despertador, cambié la alarma por música suave y abrí las cortinas para que las chicas despierten tranquilas. Después de todo, ellas estaban empezando su descanso, mientras que yo ya estaba descansada hacía varios días.

El desayuno fue abundante, muy bueno; las chicas estaban fascinadas con las medialunas y facturas que en Chile no existen. Bueno, en rigor de verdad, las facturas son una de las pocas cosas que extraño de la comida cuando viajo para allá, así como extraño la Bilz y la Pap chilenas cuando regreso.

Andrea y Paola tenían un pacto: a Andrea le gusta la vida urbana, “vitrinear”, comprar; Paola se enloquece con tanta ciudad, porque a ella le gusta salir a caminar por el bosque, a orillas del lago, perderse al natural, algo que a Andrea la cansa y la aburre. Habían pactado de antemano llegar a un sano equilibrio entre ambas cosas, y yo me plegué a ese pacto.

Por la mañana recorrimos el centro de Bariloche y Andrea y yo nos compramos polares iguales; mi campera estaba roñosa hacía días, así que la saqué de circulación. ¡Qué bien me hubiera venido, sin embargo, ese polar cuando andaba por Chiloé! Vale el aprendizaje para la próxima.

Al mediodía emprendimos la otra parte del pacto: nos tomamos el colectivo 20 y fuimos al Cerro Campanario. Lo bueno de ese colectivo es que va por la avenida Bustillo, es decir, bordeando el lago. Ahí pude comprobar mi percepción de que Bariloche creció mucho estos años, ya que la urbanización, aunque dispersa, llega prácticamente a Puerto Pañuelo.

Al Campanario se sube con una aerosilla, es decir, Andrea y yo teníamos que vencer el vértigo, así que Paola se subió primera y desde adelante nos tomaba fotos a nosotras dos que veníamos bien aferradas a la baranda y tratando de no mirar para abajo.

A mi juicio, el cerro Campanario ofrece una panorámica mucho mejor que el Cerro Otto, aún siendo más bajo. Está enclavado entre los lagos Moreno y Nahuel Huapí, justo en la parte donde éste último aúna sus brazos occidentales en un único lóbulo extendido hacia el este. Desde ese punto se puede ver nítidamente la Isla Victoria, así como, a la lejanía, la península de Quetrihué, donde está el bosque de arrayanes. El cerro también está frente al cerro López y su olla de nieve persistente, que este año estaba más llena que en otras oportunidades. Los múltiples miradores tienen carteles indicadores con los nombres de los cerros y lagos que uno está mirando.

Sacamos fotos, las chicas estaban fascinadas, sobre todo Paola, que era la primera vez que visitaba Bariloche. Y yo no podía con mi genio, aunque tuve la prudencia de abstenerme de señalar espontáneamente los circos, valles y otros rastros de la morfología glaciaria que percibía, así como los afloramientos de batolitos y otros detalles técnicos que pudieran resultar aburridos a los demás. Los miraba y registraba en silencio, a menos que me preguntaran, caso en el cual trataba de ser lo más simple y breve posible.

Comimos empanadas y tortas en la confitería de arriba, y nos sentamos en silencio en el exterior a mirar el panorama antes de bajar. Esta vez, Paola fue atrás para que pudiéramos sacarle las fotos. La vista a la bajada fue estupenda, era como deslizarse hacia el lago.

De regreso en el centro nos dividimos: Andrea fue a comprarle ropa a su sobrinita y luego se iría a dormir una siesta, mientras que Paola y yo saldríamos a tomar unos mates a la orilla del lago, en la costanera. Paola había comprado un mate nuevo de calabaza y queríamos tener yerba usada como para curarlo antes de que yo me fuera; esa sí fue una buena excusa!! Caminamos por la costanera hasta que encontramos una playita rocosa justo atrás del centro cívico. Nos sentamos y miramos a nuestro alrededor: estaba salpicada de grupos de amigos, familias, parejas, que como nosotras, se dedicaban al ritual del mate. Saqué mi equipo y empecé la preparación, ante la mirada atenta de Paola: llenar la calabaza hasta poco más de la mitad, sacudir el polvo, echar agua que no esté hirviendo… Y en los primeros sorbos me di cuenta que eso que para nosotros es una costumbre casi mecánica en la que a veces ni reparamos, es algo sumamente agradable y reconfortante. ¿Qué otra cosa vas a tomar una tarde entre amigos en la playita frente al lago Nahuel Huapí?

El viento soplaba frío, pero todos perseverábamos allí. Cada mate era la pausa para hacer silencio y contemplar el lago que se abría frente a nosotras; y a la vez, cada mate nos unía más en la fraternidad de estar compartiendo el momento. Paola le puso palabras a esa sensación tan familiar: “hace frío, pero yo siento una cosa calentita acá en la panza que es re linda”. Es que el mate te aporta calidez más allá de lo físico. El mate te templa el alma, tal vez por el simple hecho de compartirlo, tal vez porque la sensación que deja a medida que avanza hacia la panza acentúa tus otros sentidos, o simplemente porque te despierta y te da más lucidez para disfrutar el momento. Sea por lo que sea, entendí por qué me había hecho falta en Quemchi y en Cucao para que esos días fueran perfectos. Y me di cuenta que ese rato con Paola hacía que ese día se sumara a aquellos dos en el podio de los mejores días de mi viaje.

Regresamos contentas y traspasamos la yerba usada a la calabaza de Paola para que se comience a curar. Andrea ya estaba lista para salir, así que nos fuimos a comer una fondue de queso. También dimos nuestra vuelta habitual mirando vidrieras, para terminar en el hotel viendo tele. La idea era salir a tomar algo y disfrutar un poco la noche barilochense. Pero al parecer el día había sido intenso, porque empezamos a cabecear y fue imposible resistirse al deseo de descansar.

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Consejos de viajero

  • Para subir al Cerro Campanario hay que llegar al kilómetro 17.5 de la Avenida Bustillo; por allí pasa la línea 20 de colectivos urbanos; desde el centro, el pasaje son $6. El costo del ascenso y descenso en aerosilla es de $30; también se puede subir en una picada de no mucha dificultad. La confitería del mirador tiene precios accesibles.

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