No estarás sola

San Carlos de Bariloche, Argentina
18 de Enero de 2010

Atardecer en el Nahuel Huapi

Atardecer en el Nahuel Huapi

Me despedí de Don Raúl por la mañana con un nudo en la garganta que apenas si me había dejado pasar un mate cocido. Otra vez había amanecido lloviznando, lo cual calmó mi espíritu; había tomado la decisión correcta. Me serené aún más en la terminal, cuando conocí a una chica de Zimbabwe con la que me puse a conversar. Como tantos, entablaba diálogos para practicar el idioma, con una diferencia: cuando supo que yo hablaba inglés, se ofreció como interlocutora para que practicara yo; “aquí todos hablan español”, me dijo. Y sin reírse de mi inglés atarzanado, sino más bien corrigiéndome con seriedad y dulzura cuando correspondía, fuimos conversando hasta que llegó el micro.

Mi asiento estaba al fondo. Al otro lado del pasillo, venía un extraño chico alto y flaco despatarrado entre dos asientos. Al llegar a Osorno el micro se completó. A mi lado se sentó una chica chilena, y su amiga se sentó al lado del chico, que al ver que no iba a tener los dos asientos para sí empezo a murmurar en lengua inintelegible y amagó cambiarse a dos desocupados, para luego quedarse finalmente donde le tocaba. Con las chicas chilenas lo miramos extrañadas… y así empezamos a hablar con Andrea, que iba a mi lado y Paola, que se sentó enfrente.

Al llegar a la aduana, ya Paola había entablado cierta relación con su compañero. Resultó ser un israelí que viajaba a Bariloche a encontrarse con su grupo. Como tantos que crucé en el camino, había terminado el servicio militar y estaba recorriendo estos lados. No hablaba mucho español, si un perfecto inglés, así que la comunicación era dificultosa. Paola le preguntaba cosas, y como él no entendía, finalmente le pasó un pequeño librito: un diccionario hebreo – castellano sólo de preguntas. Ese fue nuestro pasaje a la confianza con él: Paola, al hojear el librito nos mostró entre risas una pregunta: “¿podría depilarme las piernas por favor?” y su correspondiente traducción al hebreo. Nos largamos las tres a reir ante la sorpresa y enojo de nuestro compañero, que cuando vio lo que Paola le señalaba como fuente de nuestra risa, sonrió y subiéndose un poco la botamanga del pantalón para que se vieran sus tobillos peludos dijo: “no, yo no”. Al ratito nos dijo su nombre: “Asam”, y abrió los ojos al decirlo, dejando escapar una ráfaga de fulgor impresionante.

Lo ayudamos a hacer los trámites en las aduanas, y cuando el micro se quedó detenido en la aduana argentina le explicamos el problema: había algún tema legal que hacía que el micro no pudiera transitar por Argentina. Nos dijeron que en 10 minutos llegaría un micro para el trasbordo; fueron los diez minutos más largos de mi vida, personalmente los sentí como 40, al igual que el resto del pasaje…

Finalmente el micro arrancó y fue hasta Villa La Angostura. Ahí intercambiamos micro con un grupo que venía en sentido contrario. Fue una pequeña gran revolución, al término de la cual seguimos viaje, mirando el majestuoso Nahuel Huapí y allá a lo lejos, en la otra orilla, Bariloche. Paola estaba fascinada.

Cabe decir que todo el viaje entre Osorno y Bariloche es un paseo. Primero, la ruta bordea el Lago Puyehue y se mete entre los bosques espesos que cubren la cordillera. Una vez pasado el límite internacional, ya en lado argentino, el bosque continúa, pero el camino se hace serpenteante entre los cerros imponentes de la cordillera, que a veces parecen inmensos peñones rocosos emergiendo en vertical de entre los bosques. Y luego, los lagos: el lago Espejo, y finalmente el Nahuel Huapí. Es interesante también ver la mutación de la vegetación a medida que uno se aleja hacia el este desde la cordillera, es decir, a medida que disminuye el volumen de precipitación anual. Mientras los brazos occidentales del lago están inmersos en el bosque, el lóbulo oriental que desagota formando el río Limay es el dominio de la estepa y el peladeral, mucho más áridos y ya sin árboles.

Con Andrea y Paola quedamos en salir en Bariloche, cambiamos contactos… Al llegar a la terminal compraron pasaje a San Martín de los Andes y yo a Buenos Aires, aunque me reservé un día para pasarlo con ellas en Bariloche. Compartimos un taxi al centro, y cuando las chicas llegaron a su hospedaje, me ofrecieron dejar la mochila para que pudiera buscar alojamiento más tranquilas. Cuando constataron que no les habían hecho la reserva, preguntaron si había una habitación triple y me invitaron a quedarme con ellas. Y así fue.

Nos acomodamos y salimos a caminar por el centro, averiguar por excursiones, fuimos a la costanera, nos sacamos fotos del lago… y más tarde, cenamos unas pastas y nos fuimos a acostar felices. En ese momento yo sentía que éramos amigas de toda la vida, y entonces me dormí dando gracias a Dios por el encuentro.

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