La extraña condición física del subterráneo

El subte en Buenos Aires tiene ese no se que. Es un cúmulo de experiencias que a los que somos pasajeros habituales ya no nos sorprenden, pero que al tomar algo de distancia y pensarlas resultan verdaderamente extrañas.

Comencemos por el hecho de que meterse bajo tierra tiene mucho de misterioso; el calor, la penumbra, ese olor tan particular que sube por las escaleras y que no se percibe en ningún otro lado. Excepto los nuevos tramos, el subterráneo en Buenos Aires tiene mucho de catacumba estrecha.

La películoa argentina “Moebius” explotó estas sensaciones, creando una historia de ciencia ficción que recorre las redes enterradas. Plantea la posibilidad de que ciertos fenómenos físicos cuasi imposibles sean factibles en nuestro subterráneo. El otro día encontré uno de ellos: la gente de carne y hueso se vuelve fluído al subir al subterráneo, para luego volatilizarse y volverse a materializar en el andén de descenso.

A veces la normalidad del servicio hace que nos pasen desapercibidos ciertos detalles, pero de vez en cuando nos conectamos con la realidad que vivimos y nos damos cuenta que las más de las veces veces la negamos sólo para no desesperar. Ejemplo: desde que la línea D conectó el “pueblo de Belgrano” como se decía en la época del arribo de este medio de transporte a la ciudad, hacer un trayecto de 4 estaciones puede ser motivo para filosofar.

Subí en Catedral y la puerta al cerrar me acarició la espalda. Hubiera tratado de evitar ese mimo de no ser porque el vagón ya era una lata de sardinas. Y si, viajamos enlatados, y aquel espacio vital de 50 cm que nos debe rodear con un desconocido se transforma en la intimidad más absoluta, una proximidad que a pocos conocidos permitimos concientemente. Es que somos maestros en el arte de fabricar distancias. Respiramos el aliento del otro con la mirada clavada en la publicidad del techo. Paradójicamente, ninguno está verdaderamente allí, aunque estemos conviviendo hombro con hombro.

En la parada de 9 de Julio aparece la primer duda metafísica: ¿cómo van a entrar todas las personas que saturan el andén en un vagón donde ya no hay sitio para ninguno más? Pero aún así las puertas se abren, y por el pequeño sitio que dejaron los pocos que bajaron, la gente entra a borbotones. Si! La masa humana se convierte en fluido que llena lo que ya parecía completo. O había aún intersticios, o a fuerza de costumbre nos estamos volviendo líquidos.

Entre empujón y empujón una mujer malhumorada dice estar mal de la pierna, y cuando le dan el asiento le piden que no pierda la calma. Es que creo que si no conservamos la calma, la situación terminaría en la horda desenfrenada de los Simpson que quema todo a su paso. Es que aún sabemos mantener la calma, aunque sospecho que tiene mucho del estado de tensión que existía entre Estados Unidos y la Unión Soviética hace unos años y que dimos en llamar Guerra fría.

En la estación de Tribunales me empezó a preocupar el hecho de que el fluído humano continuaba y yo ya estaba en medio del vagón. ¿Cómo me iba a bajar? Pero tuve tiempo para pensar cuando en el empujón mágico que licua a la gente apareció la mano de un amigo de lo ajeno y el subte ahí quedó. Los pasajeros de buena voluntad iban y venían por el andén mirando hacia adentro con cara de pocos amigos, a ver si el muchacho de anteojos, camisa blanca y chaleco azul había quedado atrapado entre nosotros, y con él la billetera perdida.

Atrapada allí, a una estación de mi destino, comprendí lo que sienten las vacas en el camión que las trae a la ciudad: sienten resignación. Claro que también deben angustiarse, sencillamente porque, a diferencia de nosotros, ellas no eligen esa situación.

Pero ¿nosotros elegimos? Creo que no, que nos subimos sin pensar y aceptamos las cosas como vienen. Solo nos apiñamos y creamos distancia clavando la vista en el cartel de publicidad con la ilusión de que el dueño del aliento que respiramos ya no esté allí. Y no lo pensamos, porque tampoco hay otra manera.

En Callao encontré el huequito y me bajé. Y ahora que estoy fuera, me planteo qué quedó de humano en nuestras rutinas ciudadanas. Pienso por un instante lo que sería quedar libre de todas ellas, y entonces, por ese instante de conciencia, mi único deseo es irme al campo y no regresar más.

Pero claro, mañana será otro día, aceptaré ser enlatada de nuevo, y si tengo suerte, haré el trayecto abstraída en un cartel de publicidad.

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