007 Quantum of Solace

Nosotros, los que volamos, somos tan libres como es el viento;
ustedes quedan abajo, son los rebeldes, son los chicanos,
son los negros, son los latinos, maricas, presos, los marginados.

León Gieco. El señor Durito y yo

007 Quantum of Solace

Indignación.

No me cabe otra palabra. No encuentro otra expresión que no sea esa. Tan simple, una sola palabra. Lo único que me merece la última película de Bond es indignación.

Porque no tengo antepasados americanos más allá de mis padres, y nací en la ciudad más europea de Latinoamérica, pero mi corazón es profundamente latinoamericano. Siento un compromiso profundo con la realidad de este continente, disfruto mucho caminándolo, interactuando con su gente, viendo sus potenciales y peleando para que se realicen. Entonces, Quantum of Solace me indigna.

Me gustaban las películas del agente secreto británico, pese a que siempre son los salvadores del Universo contra los “ejes del mal” de cada época. Me gustaban porque planteaban un misterio que uno iba develando con el 007; había acción, abundantes bolazos graciosos, ciertos clises… Incluso afloraban las diferencias entre británicos y yankis, a los que alguna vez dejaron como unos estúpidos tirabombas. James Bond significaba para mí un buen rato de cine entretenido, como para despejarme. Fui a ver Quantum of Solace con esa expectativa, pero me llevé solo indignación y de la más profunda.

Hablemos de lo estrictamente cinematográfico. A diferencia de todas sus predecesoras, el que no vio la película anterior, Casino Royale, (o como yo, que no la terminó de ver porque se aburrió terriblemente), pierde el hilo de muchas cuestiones, porque la nueva versión es una continuación directa de la anterior. Fuera de ello, no tiene argumento, solo son persecusiones, peleas y más persecusiones. Bond es un agente que mata a todo sospechoso sin siquiera interrogarlo, movido por un deseo de venganza más que por su deber de agente. No dice su frase típica: “Bond, James Bond”, ni aparece Q, ni hay auto fabuloso, ni siquiera se acuesta con la protagonista, aunque sí con otra chica… británica… Claro, la protagonista es una boliviana, de ojos claros, pero boliviana al fin. ¿Tendrá algo que ver? Yo creo que si…

El principio tiene una excelente fotografía, y te deleita con imágenes de Siena, Italia, a través de las cuales desearías estar allí. Pero pasado el primer cuarto de la película, todo se vuelve mediocre. ¿Tendrá algo que ver tamaña mediocridad con el hecho de que la historia se sigue desenvolviendo en América Latina? Yo creo que sí, y he aquí el quit de la cuestión, el punto en el cual perdí de vista todo el filme y la indignación me nubló el juicio.

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