De dedo y de camiones

Ciertamente que salir de Bolivia me alivió. No sé todavía si fue ciertamente salir de Bolivia o entrar a Chile, para el caso da lo mismo, porque noté el cambio de inmediato.

Fueron tres días de vuelta al salar (alucinante!!) y por las lagunas de la puna con sus flamencos y formas de roca, con sus geisers y termas… un poco con el corazón en la boca por la salud de Marie, con ansiedad, con la música de nuestro guía Jacobo taladrándonos los oídos, tratándonos de entender con los australianos copados que iban con nosotros… Una noche en un hostal-sucucho (otro más…) Bonito… pero agotador.

Cruzar a Chile fue hallar la amabilidad tan escasa en Bolivia, y a título personal, movilizar todas las identidades y sentimientos que tengo, luchar contra las ganas de tomar ese micro a Santiago y ya no regresar, de quedarme en San Pedro a trabajar de mesera y hacer mi vida de una vez…

Confieso que no estuve lejos… además de mis cavilaciones, el tema era que llegamos a Chile porque el camino de Uyuni a Villazón estaba casi imposible; a saber, si los micros bolivianos no van, no vayas. Y en el tren era cosa de azar obtener un pasaje, o de entrar en la transa con las agencias de turismo. Cuestión, cinco dólares y a Chile, pero nos encontramos al fin del viaje, sin dinero en una de las ciudades más caras de Chile!!

El tema fue que el pasaje a Salta no salía 25 dólares sino 70, y no había para el día siguiente, viernes, sino para el martes… cómo salir de allí??

Los propios chilenos nos recomendaron ir a la aduana y hacerle dedo a un camión, después de todo, aquella es la nueva ruta del Mercosur que va de Iquique a San Pablo pasando por el paso de Jama y también por Asunción. Pasamos el día recorriendo el pueblo de ensueños, comiendo ayuyas con Bilz y Pap, a la noche nos tomamos unos piscos sour (y nuevamente quedé caminando con cuidado), dormimos en el hostal de Edgardo (un tipaso) y a la mañana siguiente fuimos a la aduana.

Dicho y hecho. Estaba lleno de camiones. No nos dejaron sellar la visa de salida hasta conseguir un transporte. Las chicas recorrían, preguntaban, yo cuidaba los bolsos. Por la ventana de la aduana un grupo de paraguayos hablaba en guaraní, tomaba tereré y me miraban, reían… uno de ellos cada tanto decía:”que no te puedo llevar porque voy a llevar a las argentinas”. Lo repitió más de una vez, al punto que le fui a preguntar y me dijo que sí. Ese fue nuestro camionero.

Moreno, campera de cuero, gorra clara, camiseta celeste. Nos cargó en el camión, llevaba autos. Las mochilas fueron en uno de los vehículos y así agilizamos el trámite aduanero. Nos puso una manta sobre sus documentos para que estuviéramos cómodas, nos estiró su catre para que nos acostáramos. Cada tanto, miraba si estábamos despiertas y si nos veía cabecear nos animaba a recostarnos.

Subía a 10 km por hora por la cuesta, concentrado, escuchando cumbia fuerte para no dormir. No se veía nada en la niebla, y cuesta abajo en el Lipán, ya en Argentina, la noche era cerrada. Habíamos tomado juntos tereré que nosotras mismas le cebamos. Habíamos pasado 3 horas en Susques donde le retuvieron un papel. Nos había comprado una milanesa con ensalada para comer… Había subido un segundo paraguayo que, intuyo, era su dupla, pero venía viajando en otro camión para darnos lugar.

Y llegamos a las 2.30 am a Jujuy y el camión no podía entrar, entonces se paró en el cruce y ambos estaban preocupados porque era oscuro y no podían dejarnos allí. Jujuy estaba desierto. Entonces siguieron andando, buscando un parador donde dejarnos a salvo, y al no aparecer, sugirieron que ellos pararían y que nosotras podríamos dormir en el camión… aquel hombre estaba dispuesto a cedernos su catre después de manejar tantos kilómetros del peor tramo del camino, y teniendo un día más por delante!!

Entonces apareció aquella YPF, y nos bajamos, bajamos los bolsos… lo abracé emocionada y le dí un beso en cada mejilla, tal como se estila en Paraguay. Nos apretamos las manos y mi corazón sentía tristeza de la separación… tanto nos había ayudado desinteresadamente y a partir de ese momento nada más iba a saber de él…

Hay personas que uno cruza en la vida, que son regalos del cielo, que permanecen un rato y que luego uno jamás vuelve a ver… aunque lo quiera… En eso pensaba en el micro de regreso a Buenos Aires. Cómoda en mi asiento semicama recordaba las más de 12 horas sentada a lo buda en el catre de ese camión. Quisiera tener algo más que el nombre del camionero paraguayo que nos llevó desde San Pedro de Atacama a San Salvador de Jujuy… Quisiera poder hacerle un regalo, expresarle mi más profunda gratitud, porque solo conservo su nombre y el recuerdo de su caballerosidad paternal.

Por eso hoy, como cuando me bajé, como cada instante que recuerdo cómo salí de San Pedro de Atacama, lanzo al viento mi plegaria:

Dios te bendiga César, te acompañe en el camino, sea tu luz y protector, te permita llegar a los destinos con calma y sin sobresaltos y te retribuya con creces todo lo que hiciste por mi.

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