Una mirada sobre José de San Martín

En estos días grises en mi vida, en que hago las cosas por inercia, en que me cuesta encontrarle un sentido a lo que hago, es la escuela, mi encuentro diario con los chicos, lo que me da vida y alegra mis días. Ellos, ignorantes de todo lo que me pasa, vienen con sus preguntas, sus preocupaciones, las notas, el cierre de trimestre, el viaje de egresados, la búsqueda de carrera… y con esas simples cosas, con esa confianza que depositan en mí, con sus saludos, chistes y palabras de afecto, con sus miradas pícaras… y yo revivo…

No tengo muchas más palabras en este tiempo… y como hace mucho que no escribo, se me ocurre compartir un texto que encontré (gracias Julián por el aporte), y que leí para el acto del 17 de agosto. Si, volvió a tocarme el mismo que el año pasado. Así que he aquí mi discurso y el testimonio que encontré sobre este gran hombre de nuestra historia.

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El 17 de agosto de 1850 fallecía en Francia don José de San Martín, uno de los hombres más recordados de nuestro país y de América. Con su heroica gesta, que lo llevó a través de los Andes en una travesía única a liberar Chile y luego Perú, dio libertad definitiva a su patria y a dos pueblos hermanos, participando además del objetivo mayor que fue dar independencia a toda la Sudamérica española junto con Bolívar. Este hombre fue exaltado en nuestra historia y colocado como ejemplo en un pedestal inalcanzable, donde se transformó en un frío héroe de bronce intocable.

Iniciemos hoy un recorrido para acercarnos a este hombre que hizo tanto por la patria, que es un ejemplo de vida para todos. Rescatemos sus valores y asumamos con ellos las tareas que la patria nos pide en nuestro tiempo. La siguiente es la historia de un encuentro, de alguien que esperaba encontrar un héroe y halló un ser humano.

El 1 de septiembre de 1843 todavía era verano en París. Allí estaba un joven venido desde las costas del Río de la Plata. Juan Bautista Alberdi, un joven de figura enjuta y semblante pálido, quien se hallaba esa mañana en la residencia de don Manuel Guerrico, comerciante porteño muy bien relacionado en la ciudad, cuando apareció imprevistamente un ilustre amigo del dueño de casa. Este es el relato que el mismo Alberdi hizo después.

“Guerrico se levantó exclamando: “¡El general San Martín!”. Me paré lleno de agradable sorpresa a ver a la gran celebridad americana que tanto ansiaba conocer. Mis ojos, clavados en la puerta por donde debía entrar, esperaban con impaciencia el momento de su aparición. Entró, por fin, con su sombrero en la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre común. ¡Qué diferente le hallé del tipo que yo me había formado oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores en América! Por ejemplo, yo le esperaba más alto y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado, y no es más que un hombre de color moreno de los temperamentos biliosos. Yo le suponía grueso, y sin embargo de que lo está más que cuando hacía la guerra en América, me ha parecido más bien delgado. Yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne, pero le hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque grave, desnuda de todo vicio de afectación. Me llamó la atención su metal de voz, notablemente gruesa y varonil. Habla sin la menor afectación, con toda la llanura de un hombre común. Al ver el modo como se considera él mismo, se diría que este hombre no ha hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así. Yo había oído que su salud padecía mucho, pero quedé sorprendido al verle más joven y más agil que cuantos generales que he conocido de la guerra de nuestra independencia, sin excluir al general Alvear que es el más joven de todos. El general San Martín padece en su salud cuando está en inacción, y se cura con solo ponerse en movimiento. Su bonita y bien proporcionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos, hoy casi totalmente. No lleva patilla ni bigote, a pesar de que hoy lo llevan por moda hasta los más pacíficos ancianos. Su frente, que no anuncia un gran pensador, promete sin embargo una inteligencia clara y despejada, un espíritu deliberado y audaz. Sus grandes cejas negras suben al medio de su frente cada vez que se abren sus ojos, llenos aún de fuego y de juventud. La nariz es larga y aguileña; la boca es pequeña y ricamente dentada, es graciosa cuando sonrie. La barba es aguda. Estaba vestido con sencillez y propiedad: corbata negra atada con negligencia, chaleco de seda negro, levita del mismo color, pantalón mezcla celeste, zapatos grandes. Cuando se paró para despedirse acepté y cerré con las dos manos la derecha del gran hombre que había hecho vibrar la espada libertadora de Chile y el Perú. En ese momento se despedía para uno de los viajes que hace en el interior de la Francia en la estación del verano. No obstante su larga residencia en España, su acento es el mismo de nuestros hombres de América, coetáneos suyos. En su casa habla alternativamente español y francés y muchas veces mezcla palabras de los dos idiomas, lo que le hace decir con mucha gracia que llegará un día en que se verá privado de uno y otro o tendrá que hablar un papua de su propia invención. Rara vez o nunca habla de política. Jamás trae a la conversación con personas indiferentes sus campañas de Sudamérica. Sin embargo, en general le gusta hablar de empresas militares.”

José de San Martín tenía entonces 65 años y seguía siendo un enigma para sus compatriotas. Alberdi quería hablar con él y aclarar las incógnitas en torno a su vida y sus campañas. Le habían intrigado los comentarios sobre su apariencia de indio, pero él no lo veía tal, sino mas bien un típico criollo, un paisano.

Sin embargo, ese criollo, ese paisano, que hablaba y vestía con sencillez, como un hombre común, había dado libertad a medio continente. Las apariencias engañan.

La patria solicitó de este hombre libertad. Los tiempos cambian, los desafíos también. La patria nos llama hoy a nosotros a buscar un desarrollo conjunto, donde cada hombre de esta tierra pueda satisfacer sus necesidades básicas y llevar una vida digna.

Aunque el ejemplo que recibamos de nuestros contemporáneos, de quienes tienen el poder, sea de búsqueda del propio interés y la persecusión de fines egoístas a través de caminos de corrupción, tenemos que tomar conciencia de que sólo con la búsqueda de metas conjuntas que fomenten el desarrollo general se puede alcanzar una patria que nos de seguridad a todos, y una perspectiva mejor que la incertidumbre y el deseo de irse del país.

Y si piensan que no somos nadie, que nada podemos hacer, recordemos que este hombre al que todos agrandaban en el relato, no sólo era un hombre como todos sino que se sentía de ese modo: sentía que había hecho, humildemente, lo que estuvo a su alcance por el bien de esta patria que tanto amaba.

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2 pensamientos en “Una mirada sobre José de San Martín

  1. Gracias Carlos por tu comentario!!
    Tengo un firme propósito: como docente de historia, quiero bajar a los “hombres de bronce” de su pedestal y hacerlos más cercanos a los chicos, mostrar sus facetas de hombres comunes para que ninguno se me desanime al intentar imitarlos. Porque hasta ahora, al menos en mi país, los héroes son inalcanzables, se los ve como una idealización irreal y hay como una desmoralización “desde el vamos” por parte de los alumnos a la hora de recoger sus legados y utilizarlos en su propia vida. Por eso me gustó este relato, y me alegro que te haya gustado a tí también!!
    Mis saludos!! gracias por pasarte por aquí!!

  2. Muy bueno tu artículo sobre el General San Martín. LLegué aquí por casualidad y me sorprendí al leer que este gran héroe tenía una estatura mediana y era de aspecto paisano, como yo. Saludos desde Chile, donde se considera a José de San Martín como un libertador y uno de los cuatro Capitanes Generales de la historia del país (líderes que poseyeron los cargos de Director Supremo y Comandante en Jefe del Ejército Chileno).

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