Y un día, finalmente, nevó…

Desde pequeña, en los días más gélidos del invierno, ante la angustia que me provocaba el frío, me juraba no quejarme con tal de ver nevar en Buenos Aires.

Años pasaron con la esperanza abrigada, tan abrigada como yo para no sentir el invierno, recordando la escarcha de la plaza por la que corría yendo a la escuela, Ese “crak crak” del pasto helado bajo mis pies que se fue durante mi primaria y que nunca volvió… Algunos dicen que se lo llevó el calentamiento global, los mismos que sonreían cuando escuchaban mi deseo.

Crecí con él, y cada invierno, con el viento cortándome la cara, con la garua penetrando hasta los huesos, caminando al profesorado, al trabajo, soportaba con felicidad convencida de que valía la pena con tal de ver nevar.

Y un día, finalmente, nevó en Buenos Aires.

Cuando el frío nos sorprendió en mayo este año, lo pronostiqué. Tal vez fue más el anhelo, cada año más profundo, que la profundidad de mi ciencia… Lo cierto es que acerté, aunque fallé en el cálculo: se me adelantó un mes y no esperó hasta agosto…

Habíamos comido empanadas, y el festejo patrio programado para los profes resultó el de un grupito de amigos. Todo ocurre por algo, se hubiera diluido la magia de ser más personas, y los que estaban fueron tan especiales como el día. Y quedarán en los recuerdos, porque ese fue uno de esos días que no se olvidan… que se conservan como un álbum de postales en la mente y en el corazón. De esos que tras el paso del tiempo “parece que lo estoy viendo como si hubiera sido ayer”.

Al salir a hacer las compras Ludmila y yo tuvimos que agachar la cabeza para librarnos del aguanieve que se nos metía en los ojos. Con alegría vi que mi campera negra estaba iluminada por muchos microcristalitos brillantes que perduraron unos minutos.

En la cocina el horno despedía aroma de empanadas, y mientras Mariela y yo hacíamos repulgue, Ale con los chicos miraban por la ventana y relataban el panorama exterior.

Comimos sin poder dejar de ver la ventana, ¿cómo estar indiferente ante aquel espectáculo? Los puntos blancos se iban densificando y cayendo con suavidad… no cabía duda, estaba nevando.

En un momento la cortina blanca se hizo más densa. Los grandes nos miramos, los ojos chispeantes, creo que nos dijimos todo con esa mirada. Mariela corrió y buscó bufandas y gorros para su hijos, que Ale y yo colaboramos a arropar.

Martín y Ludmila corrían por la vereda desierta; Ale, Mariela y yo caminábamos disfrutando cada copo que recibíamos. Los autos se iban cubriendo, y todo era señalar con asombro: “mirá!! mirá!!”. Me sentía una niña, estar presenciando un fenómeno de cuento, algo que los adultos llamaban “imposible”. Ale repetía que era increíble, yo le decía que era real.

Llegamos así al centro de Caseros, la gente había salido como nosotros a vivir la nieve. Todo era alegría, tal como se pintaba en la cara de la señora que esperaba el colectivo. Nos mirábamos unos a otros y reíamos, teníamos la ropa y el pelo llenos de copos.

Por momentos me pareció que los chicos fueron perdiendo el entusiasmo, y que nosotros tres seguíamos en un estado de infantil asombro y alegría. Claro, ellos llevaban a lo sumo 5 inviernos sin ver nevar, y en cambio yo… 25… suficientes como para estar casi convencida de que nunca ocurriría… la esperanza jamás se pierde!! Nada es imposible, y los sueños tarde o temprano se realizan.

Los flashes de las fotos se multiplicaban, y los grandes corríamos como niños por la calle, de cara al cielo, con las palmas extendidas recibiendo los copos. En ese caminar me tropecé con un cantero de flores… Escribimos nuestros nombres en los parabrisas nevados.

Allí ocurrió: vi que la nieve se había acumulado, suficiente como para tirarle a Ale!! Ahi empezó la guerra, guerra que continuaron Ludmi y Martín, porque cuando un grande hace algo, los chicos siempre se prenden si lo encuentran divertido. Ale fue el principal blanco (por su tamaño, claro), y además porque gritaba “esta nieve es mía! yo la compré!”. Claro, estudia ciencias económicas y hasta los momentos como este los pasa al espíritu capitalista! (ja, chiste!)

Llegaron a arderme mucho las manos, pero estaba feliz, tanto como cada vez que lo recuerdo. Los mates nos reconfortaron, y por la ventana veíamos cubrirse de blanco los troncos y ramas del arbol de la vereda. Ya era de noche cuando volvimos, pero aún no había cesado el milagro. Con Ale vimos acumularse la nieve sobre los faldones de pasto de las veredas, y también corrimos por allí dejando nuestras huellas… luego me dolían tanto los pies!!

Pero la ciudad estaba feliz, nadie esperaba el colectivo en los cobertizos, todos de cara a la nieve. Muchos hacían muñecos de nieve sobre sus autos y circulaban por la calle con ellos.

Al día siguiente aún sobrevivían rastros de lo que había sido, como testigos que probaban que nada había sido un sueño. El predio de mi escuela estaba blanco, igual que muchas ramas de los árboles. Donde no dio el sol, duraron las señales hasta pasado el mediodía, como ciertos en aleros de mi cuadra.

Pero la mayor prueba de que esto fue real es que la ciudad sonreía, se respiraba el buen humor y la alegría.
Queda en mi corazón la alegría de ese sueño cumplido, estoy en paz. Cierro los ojos y siento la satisfacción de haber visto nevar en Buenos Aires. Y en ese instante, como en una postal, veo la esquina de Caseros, con sus glorietas de reja curva, bajo ellas Ludmila, Martín, Mariela y Ale… y la tibia sensación de alegría que me da tenerlos en este recuerdo tan especial!!

Un pensamiento en “Y un día, finalmente, nevó…

  1. Es cierto todo lo que pusiste: que fue un momento maravilloso que compartimos pocos, pero buenos; que fui el blanco preferido por todos para lanzarme bolas de nieve y comenzar la guerra; PERO TAMBIÉN ES CIERTO QUE LA GUERRA LA GANÉ YO!!!! Y también te recuerdo que el blanco al que yo le apuntaba eras vos!!!!! Sería bueno que eso también lo pongas!
    Besos, sabés que sos una persona que quiero mucho!! Espero verte el miércoles.

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