Corriendo por la Puna

Laguna de los Pozuelos, Argentina.

Al día siguiente nuestros vecinos despertaron muuuuuuuuy temprano, y tal como había vaticinado Sandra llegamos a la terminal y encontramos a nuestra amiga con todas sus cosas. Cuando llegó el Burgos Bus vimos en él un micro viejo y desvencijado en el cual empezaron a subir todo tipo de bártulos, carne, lana, gaseosas, cajas… nos acomodamos en los asientos y vimos desde allí el desfile de gente subiendo y bajando cosas. Nuestra viejita rechazó toda ayuda y subió y bajó varias veces; nos impactó que seguía comprando cosas! De repente el micro amagó partir y se escuchó un grito: “Espere don Burgos, que falta Elvira!”. Nos tentamos entonces de la risa, porque adivinamos que aquello no era una empresa de transporte, sino un señor de apellido Burgos que había comprado un colectivo y recorría la región, por eso aquello de “un solo micro ida y vuelta por día”.

En el camino tuvimos miedo de que aquel vehículo se quedara atascado, ya que cruzaba por badenes secos, cauces de ríos, trepaba cerros y los bajaba, y el ruido del motor no sonaba del todo amigable… Pero al ver los collas impasibles comprendimos que aquello era normal y comenzamos a conversar con un hombre; pensé que tendría 30 años, pero ¿quién sabe? Viajaba con sus hijas, Wara (estrella) y Maica (pichón de cóndor). Nos dijo que la laguna de los Pozuelos era linda, con mucha fauna, pero que a veces había tormenta, y que en esos casos lo mejor era sentarse o juntarse con los animales. Empecé a comprender donde caían los rayos que había visto el día anterior…

De repente se abrió la Puna, esa vasta planicie hasta el horizonte, bordeada a este y oeste por cerros, pero inconmensurable de norte a sur. Y allí bajamos, donde había un puente y una pequeña casa. Felices nos acercamos al guardaparque, que se mostró serio y seco. “No trajeron nada más que eso?” dijo señalando las mochilas. Comentamos nuestra idea de ir y venir para tomar el micro de vuelta a las 3, y su cara se agravó. “De acá a la laguna hay 7,5 Km, pero como está retraída, son en realidad más de 8 hasta la orilla. Caminando son 2 horas, tengan en cuenta que están a 3750 m de altura y corren riesgo de apunarse; son las 11, 2 horas de ida, 2 de vuelta, más algo que se queden allá y no llegan para el micro de las 3″. Las chicas respondieron que teníamos entrenamiento de subibaja en la quebrada y que podríamos lograrlo. Pero el guardaparques prosiguió: “igual que pierdan el micro es lo de menos”. Señaló unas nubes en el horizonte y dijo: “¿ven eso? es una tormenta que viene. Me preocupa que las agarre porque acá en esta época todos los días a eso de las 3 de la tarde se forma una tormenta en cosa de 20 minutos, así que no se confíen porque vean ahora despejado”. Cuando las chicas dijeron que no tenían miedo de mojarse, recordé mi recién aprobada climatología e intuí lo que luego sería la respuesta del guardaparque: “lo que más me preocupa no es el agua, sino los rayos” Recordé las palabras del colla, y pregunté que hacer: “Si pueden correr, vayan a la casa de la señora Bonifacia a 4 km de acá, que si las ve muy desesperadas les va a abrir, y si no 2 km más adelante hay una casita de aspecto tenebroso que les puede dar miedo entrar, pero les aseguro que va a ser lo más saludable, y si ven que los rayos caen muy cerca, no se sienten, tírense al piso”.

Creo que nadie tuvo el valor de preguntarle a qué llamaba que los rayos cayeran “muy” cerca, pero les aseguro que aquello fue suficiente para que entrara en pánico. Mi problema fue el saber demasiado, y confirmar entonces que lo que yo creía tremendismo en los libros existía de verdad, y que estaba a punto de vivirlo. Caminamos entonces con paso firme dispuestas a cumplir nuestro objetivo. El primer tramo Andrea refunfuñaba: “no sé quien nos manda meternos acá”, pero al contacto con los animales y la vista de hormigueros de medio metro nos fuimos relajando. En poco tiempo alcanzamos el refugio, y luego vimos la casa de la señora Bonifacia. Las llamas se nos quedaban mirando, las vicuñas corrían y las ovejas se nos acercaban con cautela, pero el miedo no nos dejó detenernos a tomar fotos. De pronto llegamos a un cartel indicador de fauna, y el pastizal que veníamos recorriendo dejó lugar a una planicie donde aún tiradas al piso seríamos lo más alto. Aquello era el lecho que ocupaba la laguna en su máxima extensión, ahora cubierto por unos finísimos pastos de uno o dos centímetros de altura, que hacían que pareciera que al dar un paso, uno seguía en el mismo lugar. En aquel sitio solo escuchábamos el ruido que nosotras podíamos producir, o el runrún del viento en los oídos. La orilla de la laguna parecía un espejismo que se alejaba a medida que avanzábamos, pero finalmente la alcanzamos. Habíamos tardado una hora y tres cuartos.

A la orilla del agua vimos decepcionadas que los flamencos no eran más que puntos rosados en la lejanía, así que nos sacamos fotos en pose flamenco y aprovechamos el tiempo que nos sobró para comer unos sándwichs con mate y recuperarnos. La altura se sentía en el dolor de cabeza, y no cesábamos de monitorear los cúmulos que crecían a nuestro alrededor. Emprendimos el regreso confiadas cuando de repente sentimos un trueno y un soplo de aire frío en la nuca… nos dimos vuelta y sobre la laguna, en el horizonte, los rayos caían como varas al piso, y el horizonte era plomizo. En ese momento más que nunca parecía no acabar la planicie, y fue un alivio alcanzar los pastizales.

La casa de la señora Bonifacia apareció en un tris, y de ella salió una colla en bicicleta con un saco rojo. Verla alejarse nos proporcionó un punto de referencia para conocer por adelantado las vueltas del camino y así acortar a campo traviesa. A nuestro alrededor las vicuñas comenzaron a comportarse raro: una corría y buscaba a la otra, juntas buscaban a otra, y así fueron reuniéndose. Las veíamos cruzar el camino aquí y allá, y de repente se agacharon y desaparecieron… sabiduría natural!

De repente divisamos el puente: fue todo un alivio, y más cuando pudimos sentarnos en él a esperar el micro. Habíamos tardado una hora y media en regresar: a eso se le llama miedo!

Ni bien nos subimos al micro, la tormenta nos alcanzó. Los rayos caían al borde del camino, la lluvia era como una cortina espesa, y el micro antes destartalado se reveló como un vehículo 4×4 que trepaba y bajaba cerros a toda velocidad para alcanzar a cruzar los badenes antes de que crecieran los ríos. A la llegada a Abra Pampa la tormenta arreciaba, y ni bien nos pusimos a cubierto comenzó a caer granizo del tamaño de bolas de naftalina, pero con tal densidad que cubrió todo el suelo de una capa blanca como si hubiera nevado. La violencia del fenómeno duró 10 minutos, al cabo de los cuales en 10 minutos se despejó, y los niños corrieron bajo el sol a armar muñecos de hielo. Increíble pero real.

Definitivamente el viaje valió por este solo día. El contacto con la naturaleza del lugar en toda su magnitud valió por todos los días de recorrido por sitios turísticos. Las charlas con la gente fueron más enriquecedoras que cualquier explicación dada por un guía. Después de ir a las entrañas de la puna y conocerla hasta su médula quedé con el corazón lleno para toda la temporada, y una vez pasado el susto pude afirmar (y sigo haciéndolo) que fue el mejor destino del viaje. Y pese a lo que digan todos, este fue mi mejor cumpleaños en años y costará mucho superarlo!!

Hablando de mi cumpleaños, Paola quiso llegar a Salta para ir a festejar en alguna peña de la Balcarce, para andar algo de Salta antes de volverse a Tucumán.

Como no habíamos alcanzado el micro directo a Salta nos fuimos a San Salvador de Jujuy, y allí buscamos hacer transbordo. Teníamos los pasajes, pero la hora pasaba y el micro de Flecha Bus no aparecía donde nos habían dicho, así que nos fuimos a preguntar… nadie nos había avisado que podía ser de otra empresa asociada! Así que la respuesta del boletero fue “ya se fue”. Como protestamos, nos dijeron que esto pasaba comúnmente, y nos devolvieron el dinero. El único micro que quedaba era uno que venía de La Quiaca a la 1 de la mañana, y que había que hacer cola para ver recién cuando llegara cuantos asientos traía disponibles.

La lluvia arreciaba sobre San Salvador, pero los rayos que a otros hubieran aterrorizado para nosotras eran moneda corriente después de la experiencia puneña. Se hicieron las 2… y dónde estaba el micro?? Ya nos quedábamos dormidas en aquella helada terminal, medio húmedas porque el agua se colaba bajo el techo.

A eso de las 2.45 entró un micro, con cartel de destino “San Salvador de Jujuy”, pero sin pasajeros que bajaran. Los choferes, que empezaron a discutir. Nadie sabía qué pasaba, y nunca lo supimos. Algo era seguro: toda esa gente llegaría a Salta, y nosotras también. Así que subimos los bolsos, compramos nuestro pasaje y nos subimos. Como nos habían revendido los asientos 2 de nosotras terminamos en el pasillo; hubo varias paradas en las que entre sueños escuchaba a los choferes pelear. Pero al menos estábamos en camino y habíamos podido sentarnos.

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Consejo de viajero

Para andar por la Puna, un aspecto clave es la alimentación. La comida más suculenta tiene que ser la de la cena, porque en la altura la digestión es más lenta; un almuerzo suculento genera pesadez y hasta puede acentuar los síntomas del apunamiento. Lo que nos dio mucho resultado fue comer pan, queso y mucha fruta (que en los mercados se consigue buena y barata, y de por si son un lugar digno de visitarse). También es  muy importante controlar la hidratación y tomar abundante agua, ya que el clima es muy seco y favorece la deshidratación.

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