El otro día fui a ver una de esas obras de teatro inolvidables. Una puesta en escena con todos los encantos de una obra de época con las posibilidades que brinda la tecnología actual. Una obra cómica de por sí, con todos los giros y guiños para adaptarla a la realidad y hacerla aún más graciosa.
Una de las virtudes de Molière ha sido la de escribir obras con temáticas universales que siguen teniendo actualidad. Ya me pasó con “Las mujeres sabias” hace unos años.
Hay quienes afirman que para delinear a su inmortal Monsieur Jourdan, Molière se inspiró en un tal Gandorin, sombrerero que vivía en París y que había enloquecido a causa de sus delirios de grandeza. Parece que el hombre, un comerciante adinerado, terminó malvendiendo su negocio y empobreciendo a su familia con el único fin de conseguir un título de nobleza. Otras fuentes, aunque de manera un tanto imprudente, arriesgan que era nada menos que Colbert, el poderoso ministro del Rey Sol, quien se escondía detrás del personaje. Suponen que su origen humilde lo avergonzaba de tal modo que, a pesar de ser el gran reformador del estado francés, no hallaba consuelo a su condición plebeya y por ello fantaseaba con antepasados aristocráticos inexistentes.
De cualquier manera poco importa, pues Jourdain representaa un tipo humano que ha seguido reencarnándose hasta nuestros días: el que prefiere aparentar antes que ser. Ese que, dominado por la pasión de ascender socialmente a cualquier costo, resigna todas las demás pasiones y es capaz de caer en las formas más ridículas de la impostura. Y hasta de provocar el pesar de sus afectos más cercanos y verdaderos. El tema, como se ve, es de todas las épocas y no es, por cierto, ajeno a la nuestra.
Lo cierto es que cuando me entregaron la netbook para trabajar en el colegio, uno de los libros que venían cargados para trabajar era precisamente esta obra de teatro, algo que celebro porque me parece un texto que puede hacer reflexionar y divertir a la vez, estimulando el gusto por el teatro y la lectura.
Dicen que Enrique Pinti había dicho que quería trabajar en el San Martín, que cuando le preguntaron qué autor haría dijo Molière y que entonces lo pusieron como Monsieur Jourdain. Nunca elección más acertada, porque por sus características, este actor se luce enormemente en el papel de ese “Jorgito” de barrio que quiere ser “Monsieur Jourdain” a toda costa. El hombre simple que hace el grotesco (y deja asi en evidencia su simpleza) intentando tomar modos de pensar, actuar y vestir de la nobleza encuentran en Pinti un excelente cuerpo, cara y voz que despiertan la carcajada. De los otros actores me sorprendió Nicolasa y la esposa de Jourdain.
Pero lo que más me impresionó fue la escenografía, mejor dicho, la ausencia de ella y su reemplazo por la tecnología puesta al servicio del teatro. Me explico. La obra transcurría en un escenario enteramente azul, lo único que había de decorado eran tres enormes cuadros con un marco rococó colocados al fondo. Desde mi butaca en las alturas, podía ver que de un extraño palo puesto en medio del frente del escenario, partían hacia el fondo, de manera radial, cuatro líneas blancas que delimitaban tres sectores definidos.
En un momento, los maestros de danza y música empiezan a preguntarse qué era ese palo, y empiezan a meterle la nariz. Automáticamente, sus narices en primer plano aparecieron en los cuadros gigantes del fondo. A partir de allí, toda la escenografía estaba construída reemplazando el fondo azul. Esto incluyó varias escenas estilo Matrix (ping pong o la pelea de entrenamiento entre Neo y Morpheus en versión Molière), así como la recreación de casas, jardines, interiores y demás. Todo trabajado con paneles azules y asistentes vestidos de azul, de manera tal que si la puerta estaba al medio del salón, un asistente acompañaba al actor tapándolo con el panel azul para que entrara correctamente por la puerta.
Lo interesante es que uno a veces miraba a los actores, y otras veces miraba la pantalla, o pegaba pantallazos a ambos de manera que construía en su mente el escenario a la perfección.
Sinceramente, celebro que el teatro público, accesible a todo el mundo, tenga obras puestas con tamaña creatividad y calidad.

