
I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
Jorge Luis Borges
Hace unos días me dieron en la escuela dos libros de poesía, sobrante de los que repartieron para los chicos. Uno de ellos es de poesía argentina, el otro, latinoamericana. Si bien siempre me gustó la poesía, me doy cuenta ahora que me dieron los libros que no he leído demasiado, porque en ambas antologías encontré muchos poetas conocidos pero pocos que he leído. Alguna vez leí los autores más clásicos y conocidos, aquellos que se ven en las escuelas una y otra vez; Becquer, Neruda, Sor Juana Inés de la Cruz, algo de Lorca y Alfonsina Storni, poemas sueltos de Benedetti, de Machado, de Gabriela Mistral, de Baldomero Fernández Moreno y ahí pará de contar. Siempre lo trillado y muy conocido. Siempre poesía en concreto, sobre temas entendibles a primera lectura; los poemas en abstracto me desanimaban, como todo el arte abstracto.
Últimamente me fui encontrando con que el arte moderno, más abstracto, necesita de un contexto, de una explicación. Que cuando uno sabe qué pasaba en ese momento, qué pensaba ese artista, qué sentía la sociedad en general y los grupos intelectuales en particular, qué era conservador y qué reaccionario, una obra inentendible se transforma en una obra interesante. Me pasó con los futuristas italianos que me llevó a ver Verónica, me pasó con Marta Minujin, a la que conocí en profundidad gracias a Natalia.
En el largo viaje hasta el consultorio de mi médico me sumergí en la lectura de la antología latinoamericana. Una de las cosas que tiene el libro es que, precisamente, contextualiza a cada autor dedicándole algunos párrafos del prólogo, y luego una breve biografía introductoria antes de sus poemas. Disfruté de varios autores hasta que me encontré con un gigante al que nunca había leído.
Yo sabía desde siempre que Jorge Luis Borges es un gigante de la literatura; esas cosas uno las escucha una y mil veces, casi que uno nace sabiendo quién es un grande, o por lo menos no recuerda de dónde lo aprendió tan firmemente. Cuestión, ante la reducida biografía de Borges que presentaban en el libro me di cuenta que nunca había leído nada de él… o sí, el cuento (espeluznante a mi entender) de Ema Zunz, que padecí varias veces en el secundario; y la brevísima lectura de Juan López y John Ward tantas veces escuchada en los actos escolares. Tal vez por eso nunca me arrimé a este autor magistral. No sabía que su principal fuerte era la poesía… y me sumergí con ganas, y lo que descubrí me dio ganas de seguir buscando en su obra, es decir, esta antología cumplió su cometido, algo que no lograron mis queridas profesoras del secundario (y no es ironía) eligiendo el cuento antes citado.
Así que casi como inicio de un camino de descubrimiento, quiero guardar aquí esta poesía que me impactó. La leí una y otra vez, con gusto, con ganas. Y me quedé con ella el resto del día.
