Cuando a mí me decían “Marta Minujín” pensaba automáticamente “uy, qué loca”. Creo que tenía que ver con el hecho de la imagen de mina rubia, excéntrica, que garabateaba un plato de porcelana con marcador frente a una cámara de televisión y lo destrozaba estrellándolo contra el piso ante la risa burlona de los presentes. Y desde mi ignorancia, me preguntaba qué tenía eso de arte… si bien sigo sin captar la esencia que quiere transmitir con ese tipo de actos, y creo que quienes la invitan a un programa de televisión piensan, en cierta forma, igual que yo.
Sin embargo, cuando Nati me dijo de ir al MALBA a ver la exposición sobre esta artista, agarré viaje en seguida. Primero, porque hace mucho que quería conocer ese museo; segundo, porque Marta, en el fondo, me intrigaba. Y me intrigaba, tal vez, porque no se entiende lo que no se conoce. Quería ir y ver su obra, encontrarme con su pensamiento.
Y me encontré con una mina de vanguardia, con un pensamiento interesante, con un compromiso social profundo, con una valentía a toda prueba, con una experiencia de vida que sin duda deja huella en quien la vive. Porque desde muy joven recorrió el mundo y se codeó con artistas de talla mundial; vivió la vertiginosa historia de los últimos 50 años desde dentro, desde el arte. Y en su arte plasmó la vivencia, los ideales.
Desde que fui al MALBA a ver la muestra mi imagen de ella cambió, digamos que le tengo más respeto, porque la comprendo más.
Y hubo algunas partes de la exposición que me impactaron sobre todo. El recorrido se iniciaba en una sala donde había todas obras hechas con colchones. Marta había pintado la tela de colchones con colores fluo y los había cosido a mano para hacer sus construcciones. De ellas, su “revuélquese y viva” fue una de las más célebres.
También había una construcción hecha con 200 colchones de un hotel desalojado en Estados Unidos, donde uno podía meterse sin zapatos a ver un documental. Me impresionó también el tema del juego con los sentidos. Todas las ideas de la simultaneidad, las proyecciones simultáneas en las paredes de una habitación que te envuelven… Me imagino lo que habrá sido en su contexto, en su tiempo. Me sorprendió “La Menesunda”, una muestra de arte que hizo en el año 1965. Las personas entraban de a una a una especie de laberinto donde, por lo que se veía en el video, se iban enfrentando a una serie de sensaciones: pasar por un tubo donde se prendían y apagaban luces de neón, caminar por una habitación con piso hecho de almohadas, abrirse paso en una jaula que giraba a tu alrededor… Se veían en el video las damas de la época, con peinado bien durito, entrar al laberinto… imagino lo que pensarían… Cuando empecé a ver su período más psicodélico, cuando conoció a Yoko Ono, John Lennon y tantas personalidades de ese momento… creo que esas son cosas que te marcan.
Pero sin duda lo que más me sorprendió fue todo su compromiso social, sobre todo a partir de la década de 1970, cuando empezó a resistir al autoritarismo de las dictaduras latinoamericanas. Llenar un museo tradicionalista con olor a repollos, hacer un obelisco acostado para desmitificar el poder vertical en pos del poder horizontal… Me sorprendió la serie de fotos de ella con Andy Warhol que buscaba representar el pago de la deuda externa latinoamericana con maiz, el oro latinoamericano. Imagino en esa época la cara de los neoyorkinos cuando, luego de la muestra fotográfica, ambos salieron a repartir mazorcas al pie del Empire State.
Pero sin duda lo que más me impresionó fue su arte efímero: la torre de pan, el obelisco de pan dulce… y el partenón de libros. Sobre este último me quiero detener porque fue el que más me emocionó y a partir del cual dije “me saco el sombrero ante esta mujer”. ¿En qué consistió la obra? Montó un partenón, símbolo de la democracia, en la avenida 9 de Julio y lo forró con libros que habían estado prohibidos durante la dictadura militar. Esto ocurrió en la Navidad de 1983, es decir, cuando la democracia cumplía 2 semanas de vida. Me estremeció el coraje no sólo de esta artista, sino también del gobierno, que cuando los sucesos aún estaban calientes, se animaron a llevar a cabo esta obra. Una vez expuesto, el partenón fue desarmado y los 20.000 libros que lo componían fueron repartidos entre los espectadores. Es emocionante el video de los bomberos y los artistas, subidos a la obra de arte, desprendiendo los libros y arrojándolos a la multitud.
Y ahí entendí la idea de arte efímero. La idea de que la obra puede perdurar en la memoria, pero que su materialidad es importante en tanto y en cuanto trasmita el sentimiento, la idea que le dio origen. Del Partenón no se conservan más que fotos, pero ¿acaso no es suficiente? ¿acaso no alcanza con saber lo que fue, lo que significó, la importancia que tuvo en aquel momento histórico?
Así que agradezco la experiencia, porque conocí un artista que no comprendía, pude aprender de ella, captar su mensaje… y encontrándome con su diversidad, crecer un poco yo. Y me siento feliz por ello!!
Gracias Nati, gracias Marta!



