Hace 10 años, pasaba las mañanas de mis sábados dando catequesis familiar. Con mis 17 años, trataba de acercar a Dios a un grupete de chicos de entre 8 y 12 años. Por aquel tiempo, apareció un aparatejo llamado “Tamagochi” o “mascota virtual” que revolucionó los encuentros. Cada chico tenía uno de ellos: como un pequeño llavero con una pantallita monocromática, donde se movía un bichito que era la mascota. Para mantenerla viva, había que limpiarla, darle de comer, darle cariño, porque si no se moría, aunque también podía morir intoxicado, indigestado o apachurrado si uno no tenía mesura en los cuidados.
El encuentro cada vez era más difícil de llevar adelante porque siempre había un chico que se acercaba con su “mascota” y te decía “mirá como duerme”, o dejaba de participar del juego porque “tengo que darle de comer”. En el peor de los casos, se armaba un griterío de aquellos y uno venía llorando: “Fulanito se enojó y me mató la mascota”, y cuando lo lográbamos consolar (de mala gana, con más intención de decirle a la madre que le compre un perro y tire esa porquería), a los pocos minutos interrumpía el juego generando un remolino de chicos a su alrededor porque… “mirá, está p
or nacer de nuevo!!” Es que el enjendro, como el ave fenix, renacía de sus cenizas.
10 años después, tengo 27 años y aquellos niños tienen 18. El Tamagochi es historia, pero las mascotas virtuales siguen existiendo. Evolucionaron, ahora se llaman “Pet Society” y están en Facebook.
Confieso que estoy suscripta a esa red, que la uso casi sin pensar… porque cuando pienso seriamente para qué estoy ahí, no le encuentro demasiada utilidad. Pero uno tampoco quiere estar fuera del mundo, no?? Y hoy parece que el mundo pasa por Facebook, esa red que llama “amigo” a cada contacto agregado, conocido, cuasidesconocido, familiar o hijo de vecino. Pero volviendo, Verito me invitó hace unos días al Pet Society. Y yo, como me causaron mucha gracia las desventuras de la mascota de Vero (que me contó entre risas por teléfono) acepté la invitación para que al menos seamos dos las desventuradas.
Digamos que el Tamagochi siempre fue una porquería, pero lo es más a la vista de la estética del Pet Society. Arrancás creando una mascota super bonita, que recibe una casita, un sillón, una tele (nunca un libro) y moneditas para gastar en ropa, muebles, comida y demás.
Uno de los primeros premios que recibís es el de consumo (por comprar en las tiendas del “barrio” una determinada cantidad de objetos), además de un jabón para mantener limpia a tu mascota, y un cepillo y un par de juguetes para que esté contenta.

Ser limpio es rentable en el Pet Society
El tema es que una vez que se acaban las monedas, ¿cómo se mantiene el estatus consumista? Porque uno ya desea amoblar por completo la casita. Limpiando la mascota saltan algunas moneditas, lo mismo al cepillarla o hacerla jugar, pero si cada acción da como mucho, 5 monedas, una cama sale 1200… Habrá que buscar otra estrategia.
Al mismo tiempo, uno se entera que puede ir a visitar las mascotas de los demás, abrazarlas, besarlas… y es en ese momento en que aparece un cartel que dice “tu mascota y la de Pirulo se han abrazado, no hay nada más lindo que demostrar el amor a los amigos”, y uno piensa, “este juego es una ternura”. Pero aún estamos embobados cuando empiezan a saltar moneditas y se nos informa que por ese acto de amor hemos sido premiados con 20 monedas.

Las ganancias de demostrar afecto en este mundo particular
Entonces empieza el frenesí loco de visitar amigos y darles amor para juntar monedas y tener por fin la cama de la mascota. Y visitamos, abrazamos y besamos las mascotas de los amigos hasta que nos damos cuenta que sólo da monedas la primer visita del día para cada amigo… así que dejamos de demostrar amor, porque eso no le da rédito a nuestra mascota.

Limpiar la mascota de otro también es rentable
Pero las monedas siguen sin alcanzar, entonces invitás a un amigo para que se haga la mascota y poder visitarlo y tener más monedas, pero claro, tus amigos no te hacen caso. Así que un día en un rapto de desesperación, se te ocurre probar de limpiar la mascota de algún amigo, “si me da monedas cuando limpio la mía, por qué no cuando limpio la de otro”. Dicho y hecho, y no solo da monedas cuando los limpiás, sino también cuando los cepillás.
Entonces empieza un nuevo frenesí loco: el de ubicar las mascotas más roñosas, esas que tienen varias moscas a su alrededor, que tienen dueños que no se ocupan (porque no están en sus casas, porque trabajan, porque no les interesa, porque están en el seminario, porque ya descubrieron la macabra lógica del juego) y limpiarlas, dado que cuanto más sucias e infelices estén, más monedas nos darán. Y sin darse cuenta, uno es la Madre Teresa de Calcuta del barrio, pero por conveniencia.

Nada da más felicidad (ni más monedas) a una mascota que una cepillada. Y atrás, infaltable, el Señor Televisor...
Y así transcurre el juego… que más puedo decir… uno se envicia con los dibujitos bonitos, las casas bonitas que tienen las mascotas de los otros; uno quiere tener una casita como la de los otros y entra en esta marea consumista, que como si no fuera fuerte en el mundo real, ahora se ha filtrado e instalado en los juegos para niños y adolescentes, porque mis alumnos tienen las casas y mascotas más espectaculares de este extraño barrio virtual. Además, ya lo dijo Andrés Calamaro: “no se puede vivir del amor”: estas mascotas, ¿no salen a laburar? Digo nomás… ¿No sería el modo más simple y lógico de conseguir dinero? Y lo más preocupante: el amor, la solidaridad, la amistad toman un cariz totalmente utilitario.
Creo que en este pequeño acto dejaré a mi mascota del Pet Society a merced de las Madres Teresa interesadas y me iré a cultivar mis amistades de carne y hueso (esas que se sustentan en el verdadero amor, esas que no te envidian el cuarto bonito) en algún parque de la ciudad, con una charla sincera y probablemente con un mate de por medio.



Que se puede agregar a tan completo y correcto comentario
dejare el consumismo loco por querer conseguirle una mejor casita a Ligia! ja! =)
Lo bueno es que mañana nos vamos al teatro y este consumismo virtual no nos consume a nosotras! y aún apostamos a las amistades reales .
como siempre patita loca, me encantan tus reflexiones.
besote.
Verooooooo!! jajaja!! gracias por comentar!!
Y si, que querés, somos de la vieja guardia. De las generaciones a las cuales nos engancha pero todavía no nos abstrae un jueguito consumista de pc, las que alimentamos la amistad real con mates, charlas, construcción conjunta de blogs, cine, teatro… puf!! Cuántas cosas!!
Ahora, ¿cómo le transmitimos a las generaciones más chicas, a nuestros alumnos, esta amistad real? ¿Cómo explicarle lo que es un amigo a alguien que se crió con el Tamagochi y es adolescente en Pet Society?
Bueno, un besote!! Arreglemos para salir, todavía quiero ver UP! (¿cuándo vamos? voy a pagar el celu en pago fácil así tenemos 2×1, jeje!!)
Chauchis, saludos a Ligia!! jaja!!