Iglesia de San Lorenzo
Mi cumpleaños 26 lo pasé en Potosí. En la primer estadía, 15 días antes, la ciudad me había revelado sus callejuelas coloniales, las dicotomías entre pueblo español – pueblo indígena, y la imponencia del cerro. Pero una de las cosas que más me sorprendió fueron las iglesias, los pórticos de piedra tallados. Cómo estas Iglesias construídas por los españoles eran totalmente americanas en su estilo; transmitían América desde la primera mirada. En mi regreso fugaz a Potosí pude detenerme y admirar el frente de San Lorenzo, tras el mercado.
Lo otro que recuerdo de Potosí, y que me causó muchísimo asombro, fueron los balcones de madera colgante, y cómo en la ciudad indígena los reprodujeron a menor escala, intentando los curacas emular a los señores españoles. Esas construcciones civiles también eran típicamente americanas… es como que uno siente el espíritu de las cosas… sensaciones raras de explicar.
La combinación de ambos elementos suele dar callejuelas estrechas, muchas veces en subida o bajada, donde la perspectiva muestra los balcones en sucesión y, muchas veces, al final de la calle, un campanario de piedra amarronada. Por eso me sentí trasladar cuando encontré este relato de Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, que viene un poco a completar el que ya compartí aquí sobre el Cerro Rico de Potosí, presencia omnipresente en la ciudad. Encontrar los nombres de calles que recorrí, que recuerdo del mismo modo que el autor me causó una rara sensación… aquí va, porque de hecho, el tiene mejores palabras que yo, además de los aportes históricos de enorme valor, que en parte refuerzan mi teoría de que Potosí es una ciudad detenida en el tiempo…
El cerro, a casi 5000 metros de altura, era el más poderoso de los imanes, [...] y en un abrir y cerrar de ojos una sociedad rica y desordenada brotó, en Potosí, junto con la plata. Auge y turbulencia del metal: Potosí pasó a ser «el nervio principal del reino» según lo definirá el virrey Hurtado de Mendoza. A comienzos del siglo XVII, ya la ciudad contaba con treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, otras tantas casas de juego y catorce escuelas de baile. Los salones, los teatros y los tablados para las fiestas lucían riquísimos tapices, cortinajes, blasones y obras de orfebrería; de los balcones de las casas colgaban damascos coloridos y lamas de oro y plata. [...]
En sus épocas de auge al promediar el siglo XVII, la cuidad había congregado a muchos pintores y artesanos españoles o criollos o imagineros indígenas que imprimieran su sello al arte colonial americano. Melchor Pérez de Holguín, el Greco de América, dejó una vasta obra religiosa que a la vez delata el talento de su creador y el aliento pagano de estas tierras. [...] Los orfebres, los cinceladores de platería, los maestros de repujado y los ebanistas, artífices del metal, la madera fina, el yeso y los marfiles nobles, nutrieron las numerosas iglesias y monasterios de Potosí con tallas y altares de infinitas filigranas, relumbrantes de plata, y púlpitos y retablos valiosísimos. Los frentes barrocos de los templos, trabajados en piedra, han resistido el embate de los siglos, pero no ha ocurrido lo mismo con los cuadros, en muchos casos mortalmente mordidos por la humedad.[...]
Estas iglesias desvalijadas, cerradas ya en su mayoría, se están viniendo abajo, aplastadas por los años. Es una lástima, porque constituyen todavía, aunque hayan sido saqueadas, formidables tesoros en pie de un arte colonial que funde y enciende todos los estilos, valioso en el genio y en la herejía: el «signo escalonado» de Tihuanaku en lugar de la cruz y la cruz junto al sagrado sol y la sagrada luna, las vírgenes y los santos con pelo natural, las uvas y las espigas enroscadas en las columnas, hasta los capiteles junto con la kantuta, la flor imperial de los incas; las sirenas, Baco y la fiesta de la vida alternando con el ascetismo romántico, rostros morenos de algunas divinidades y las cariátides de rasgos indígenas. [...]
Pero otras pocas iglesias están aún, mal que bien, en actividad: hace por lo menos siglo y medio que los vecinos de Postosí queman cirios a falta de dinero. La de San Francisco, por ejemplo.[...]
En la calle Chuquisaca puede uno admirar el frontis, roído por los siglos, de los condes de Carma y Catyara, pero el palacio es ahora el consultorio de un cirujano-dentista; la heráldica del maestre de campo don Antonio López de Quiroga, en la calle Lanza, adorna ahora una escuelita; el escudo del marqués de Otavi, con sus leones rampantes, luce en el pórtico del Banco Nacional. [...]
Contemplo el cerro desde una azotea de la calle Uyuni, una muy angosta y viboreante callejuela colonial, donde las casas tienen grandes balcones de madera tan pegados de vereda a vereda que pueden los vecinos besarse o golpearse sin necesidad de bajar a la calle. Sobreviven aquí, como en toda la ciudad, los viejos candiles de luz mortecina bajo los cuales, al decir de Jaime Molins, «se solventaron querellas de amor y se escurrieron, como duendes, embozados caballeros, damas elegantes y tahúres». La ciudad tiene ahora luz eléctrica, pero no se nota mucho. En las plazas oscuras, a la luz de los viejos faroles, funcionan las tómbolas por las noches.
Eduardo Galeano. Las venas abiertas de América Latina. Bs As. Catálogo. 2003. ps 38, 39, 52, 53, 54, 55



