Voy a contar una historia. No es invención mía, es una simple adaptación de una historia que vino a mí en estos días… mientras reflexionaba sobre ciertas áreas de mi vida…
Había una vez, en un reino muy lejano, una princesa llamada Turandot. Esta princesa era distinta a las demás, porque si bien muchos reconocían en ella gran belleza, era conocida por su gran inteligencia y perspicacia. Sin embargo, Turandot había sido maltratada y había sufrido mucho, lo que la hacía enormemente fría, cruel y desapegada. Pese a ello, no pasaba día en el que su padre, el rey, no le recordara su deber de princesa: debía casarse y preservar el linaje mediante descendencia real. Turandot se negaba por todos los medios posibles. Y aunque sus más leales consejeras le decían que el amor era algo maravilloso, pesaba más en la princesa el miedo al sufrimiento, por lo que no estaba dispuesta a arriesgarse a conocer el amor.
Un día el rey, que sentía la vejez avanzar inexorable, la obligó a cumplir el mandato del matrimonio. Al no poder aplazar por más tiempo su destino, Turandot accedió a aceptar a los pretendientes que le presentara su padre. Pero para ello puso una condición: sólo se casaría con el que lograra descifrar tres enigmas que ella misma le pondría; y el pretendiente que fallara en uno sólo de ellos pagaría con la vida. El rey, apesadumbrado, aceptó la condición de su hija.
Desde ese día arribaron al reino príncipes de las comarcas más lejanas, seguros de poder vencer los enigmas de Turandot y desposar a una princesa tan bella. Sin embargo, en poco tiempo el reino se convirtió en una tierra de terror, dado que ningún príncipe pudo resolver los acertijos que la astuta princesa les planteaba. Uno a uno fueron perdiendo la cabeza a manos del verdugo, y con cada ejecución Turandot crecía en crueldad, planteando enigmas cada vez más difíciles de resolver. Pese a ello, segían llegando séquitos de príncipes altivos que pese al peligro, se prestaban a desafiar a la princesa.
Pero un día llegó un príncipe llamado Calaf. Nadie supo de su arribo, dado que viajaba con la sencillez de un aldeanto y sin más séquito que un fiel sirviente. Llegó en el momento en que el pueblo se agrupaba en la plaza para presenciar una nueva ejecución, y se confundió entre ellos. Desde la multitud pudo ver, asomada al balcón del palacio, a la fría Turandot. Calaf quedó prendado por la belleza de la muchacha, que incolumne observó el macabro espectáculo con ojos desafiantes. Pero a diferencia de los demás príncipes, Calaf percibió dolor en la princesa, y decidió que valía perder su vida para rescatar la vida de esa joven que tanto temor tenía de amar. Por ello, pese a las súplicas de su leal sirviente, se presentó al palacio como un nuevo contendiente.
Turandot al verlo se estremeció, detectó en Calaf un brillo distinto al de los demás príncipes que se habían presentado, y por primera vez pensó en librarlo de los enigmas. Sin embargo, si ella cedía, debía casarse con él, algo a lo cual no estaba dispuesta. Podría escapar, mas tarde o temprano sería encontrada y debería concretar el matrimonio. Entonces tomó una decisión: plantearía a Calaf los enigmas más complejos que pudiera diseñadar, y así se libraría de él para siempre, demostrando una vez más su superioridad.
Grande fue la sorpresa de Turandot y del reino entero cuando Calaf, pese a la dificultad de las adivinanzas, pudo sortearlas sin problema. El rey no cabía en sí de júbilo, por fin tendría descendencia. Pero Turandot entró en un estado de turbación extremo. Rogaba y suplicaba a su padre que no la casara con el príncipe, al punto que Calaf sintió compasión por ella. Acercándose a la princesa, le planteó él mismo un enigma: si ella lograba adivinar su nombre antes del alba, quedaría librada del matrimonio y podría ponerlo a manos del verdugo.
Turandot, desesperada, amenazó de muerte a la mitad del reino y movió cielo y tierra para saber el nombre del príncipe, pero el tiempo pasaba y su búsqueda no tenía éxito. Calaf había llegado de incógnito, nadie podía aportar datos sobre su nombre o procedencia. Turandot veía cada vez más próxima la hora de su destino.
Esa noche, Calaf no pudo dormir. Asomado a su ventana, vio recortada en el cielo estrellado la figura tenue de Turandot, blanca, iluminada por los rayos de la luna. La princesa, en busca de sosiego, había subido a la torre más alta del palacio, y se encontraba en medio de profundas cavilaciones cuando el príncipe la vio. Con la vista perdida en el horizonte, pensaba que podría librarse de su tormento arrojándose al vacío desde aquella torre, y así evitar el sufrimiento… pero era demasiado orgullosa para adoptar una solución tan deshonrosa…
Calaf, que atravesaba su propia tribulación, al verla, subió a la torre. Ella se sobresaltó al verlo, pero se mostró fría y cruel. Calaf le reprochó esa actitud, y expuso que estaba dispuesto a ofrecer su vida para enseñarle a amar. “Ya no debes temer, eres libre. Te diré la respuesta al enigma: mi nombre es Calaf.” Se estaba perdiendo escaleras abajo cuando Turandot habló: “Dime, príncipe Calaf, sabiendo el destino que te espera al alba ahora que tengo la respuesta a tu enigma, ¿cuál es la fuerza que te guía a decirme tu nombre?”. Calaf respondió: “Es el amor”. Y se marchó.
Al amanecer Turandot convocó al pueblo para que se reuniera en la plaza. Había conseguido la respuesta al enigma, y era hora de comunicarlo al reino. Asomada a su balcón, incólumne, como tantas veces se la había visto, se aprestó a pronunciar la resolución del enigma. Titubeaba, pero cuando encontró los ojos de Calaf entre la multitud dejó de lado toda duda, y se la oyó decir fuerte y claro: “su nombre… ¡es Amor!”
Para los que quieran escuchar al príncipe Calaf, he aquí el área que canta en su vigilia, la noche en que espera que Turandot resuelva el enigma. Pocas áreas hay con tanta pasión como esta… ¡Gracias Puccini!!
Nessun dorma! Nessun dorma!
Que nadie duerma! ¡Que nadie duerma!
Tu pure, o Principessa,
Tú tampoco, oh Princesa,
nella tua fredda stanza guardi le stelle
en tu fría estancia, miras las estrellas
che tremano d’amore e di speranza…
que te sacudirán de amor y de esperanza…
Ma il mio mistero è chiuso in me,
Mas mi misterio se encierra en mí,
il nome mio nessun saprà
el nombre mío nadie sabrá
No, no, sulla tua bocca lo dirò,
No, no, sobre tu boca lo diré,
quando la luce splenderà…
cuando resplandezca la luz…
Ed il mio bacio scioglierà
Mi beso derretirá
il silenzio che ti fa mia.
el silencio que te hace mía.
(Il nome suo nessun saprà…
(el nombre suyo ninguno lo sabrá
E noi dovrem, ahimè, morir, morir!)
¡Y nosotros deberemos, ¡Ay de mí!, morir, morir!)
Dilegua, o notte! Tramontate, stelle!
Noche, disípate! Declinad estrellas!
Tramontate, stelle!
Declinad estrellas!
All’alba vincerò! ¡Vincerò! ¡VINCERO!!
¡Al alba venceré! ¡Venceré, venceré!


