Historia de la mesa

Dedicado a Paula y Marie, artífices de esta anécdota…

Si Silvio Rodríguez escribió la historia de la silla, ¿por qué no voy a escribir yo la historia de la mesa?

Me ha pasado andando por el mundo en mis breves incursiones fuera de las fronteras que me dicen que los porteños tenemos ese “no se que”, pero en vez de la melancolía tanguera que nos autoachacamos, nos distinguen en el mundo por el fervor bullanguero y la disposición a divertirnos. ¿Será por eso, que entre nuestros mitos porteños, la ciudad nunca duerme y la bombonera late?

En el mundo actual abundan las facilidades para comunicarse pero se ha perdido la verdadera comunicación. Estamos en línea las 24 horas con todo el mundo pero, paradójicamente, seguimos sentados en la silla de nuestro escritorio, solos. Sin embargo, muchos extranjeros destacan de esta ciudad exactamente lo contrario: su calidez, la calidez de su gente, la amistad que reina. Quizás nosotros que lo vivimos cotidianamente no lo percibimos ni valoramos adecuadamente. Por eso vale esta anécdota, a modo de postal y recordatorio de nuestra calidez, y en honor a nuestro espíritu divertido.

El año pasado nos reencontramos con los chicos del secundario. Ocho años de distancia, en muchos casos, sin saber nada uno del otro. Y este era el caso de Paula, a quien todos queríamos localizar.

Recuerdo bien aquella tarde fría. Venía ensimismada en mi personaje de teatro, convertida en Martirio y tratando de canalizar mis angustias y desengaños a través de ella. Caminé las 15 cuadras sin sentirlas, quería descargar… no iba a tomar el subte lleno de gente. Quería esquivar a todo el mundo, así que corté por la galería. Al salir, cabeza gacha, topé a una chica… O algo parecido sucedió, no lo tengo claro, solo recuerdo que alguien gritó mi nombre, y aquel abrazo… había encontrado a Paula.

Claro, hubo que organizar una reunión para celebrar el reencuentro, un “té de chicas”. Seguro se encargó Julieta, que es la que siempre se encarga de la organización de eventos. Nos juntamos en lo de Paula, también vinieron las Marielas, y estuvimos poniéndonos al día largo rato las 5. Pero Juli recién aprendía a manejar, así que quería regresar con luz de día y Mariela la acompañó. Quedamos Paula, Marie y yo tomando cerveza y charlando.

Marie siempre tuvo ese don: hacerme reir y hacerme admirar su espontaneidad y su forma de tomarse la vida con una sonrisa. Creo que es con la que siempre más me identifiqué y con la que me sentí más libre de mostrarme como soy. Cosas de la vida, luego chocamos, pero siempre me quedó hacia ella ese cariño entrañable.

La hora corría, y entonces decidimos ir a buscar una pizza. Sábado a la noche, ya cerca de la medianoche, todos estaban saliendo con sus amigos. Caminamos varias cuadras, como 10, hasta que de repente, en Nazca después de cruzar Juan B. Justo, nos encontramos con una hermosa mesa de televisor para que se la lleve el basurero. La miramos… que “qué linda mesa”, que “me vendría bárbaro una así”, que “a quien se le ocurre tirar esta mesa que está nueva”… cuestión que decidimos llevarla para que Paula la pusiera en su casa.

Confieso que no debo tomar demasiada cerveza porque no estoy acostumbrada y soy débil a sus efectos, así que en esa situación, no me ayudó mucho haber tomado. Creo que a ninguna de las tres… porque acarrear la mesa se nos hizo bastante complicado a causa de la tentación de risa. Mientras Marie y yo veíamos como agarrar la adquisición, Paula llamaba a la pizzería para que nos llevaran la cena a domicilio. Empezamos a caminar, la cosa pesaba y se nos resbalaba, no había por donde agarrarla y estábamos tan tentadas!! Creo que el peor momento fue cuando tuvimos que cruzar Juan B. Justo; dependíamos del semáforo, era como una mini maratón las tres atadas por la mesa. Medio a las carreritas, medio a grito pelado y aguantando la risa llegamos al otro lado de la avenida.

Con el correr de las cuadras se nos hizo algo habitual la mesa, o sea, dejamos de reirnos. En parte también porque abandonamos Nazca y las miradas de la gente que transitaba por ahí o esperaba el colectivo. Tuvimos varios descansitos, ya no nos daban los brazos. El último fue cuando estábamos a una cuadra de lo de Paula.

Estábamos contentas cuando vimos una motito de reparto cerca de la casa de Paula. “¿Será la pizza?”. Era la pizza nomás… Marie y yo le decíamos a Paula que fuera a recibirla, que nosotras llevábamos la mesa el tramo que faltaba, a todo esto, Pau le hacía señas al repartidor para que no se fuera y nos dejara sin comida porque estábamos hambrientas. “Pizzería espere!! estamos acá!” gritaba, saltaba y agitaba los brazos en la oscuridad. Y nosotras nos moríamos de risa. Pero como no nos quiso dejar solas, llegamos a la puerta muertas de risa las 3 pero con la mesa al hombro. Hubiera pagado por sacarle una instantanea al pibe de la pizza, creo que en su vida va a volver a ver una cosa así.

En cuanto a nosotras, no podría decir lo mismo. Esa semana recibo un mensaje de Mariela, en el que nos agradecía el rato que pasamos juntas y nos decía que ya estaba entrenando por si la próxima vez encontrábamos un sillón.

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