El domingo pasado hemos vivido la fiesta de la Pascua, fiesta que a rigor de verdad se extiende durante 8 días y luego vivimos un tiempo de alegría que dura 50 días más, que representan la permanencia de Jesús en la Tierra una vez resucitado hasta su ascensión definitiva al Cielo. Seguramente has comido Huevo de Pascua… el huevo es símbolo de la vida que nace… pero ¿sabés por qué se asocia con la Pascua? Te invito aquí a descubrirlo, para que puedas vivir de verdad este tiempo.
La historia de la Pascua de Resurrección
La muerte de Jesús había paralizado el corazón de sus amigos, la desilusión y el desengaño los invadía. La muerte del Maestro significó para los discípulos el derrumbe total de sus esperanzas, el fin de sus ilusiones: sin la resurrección, sus esperanzas no tenían base alguna. Las mujeres, movidas por la costumbre, fueron al sepulcro a completar los ritos funerarios, y fueron ellas entonces las que comenzaron a descubrir un pequeño brote de esperanza a partir de la presencia de un angel que les dijo: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ¡resucitó!” Ellas fueron las primeras testigos de que la vida había vencido a la muerte, de que la entrega generosa de Jesús no había sido en vano, porque ella se convirtió en “brote de vida” que dura para siempre.
Las mujeres corrieron a contar lo que habían descubierto a los apóstoles, despertando en ellos una inquietud que les arrancó la tristeza de la muerte. La noticia de la resurrección del Señor obró en ellos un cambio impresionante: su desesperación se transformó en alegría enloquecedora. Jesús mismo se les presentó en varias oportunidades para convencerlos de su nueva condición. Al gozo y al asombro iniciales siguió la convicción serena y la reflexión sobre todo lo vivido. La luz del primer Domingo (que significa día del Señor) descubrió el misterio de la persona de Jesús y el sentido de todo lo vivido anteriormente y con eso el sentido del mundo y de la vida humana con todas sus alegrías y sufrimientos. Así, la realidad se impuso y los discípulos salieron a confesar y gritar que Dios había dado testimonio a favor de Jesús resucitándolo: él era realmente el Enviado al que tenemos que escuchar, en él está la salvación, en él se supera la muerte y el fracaso. La cruz se ha convertido en signo de esperanza: la resurrección es el centro de nuestra fe.
Pablo dice que “si Cristo no fue resucitado, nuestra predicación es vacía, vacía también la fe de ustedes. Si nuestra esperanza es Cristo sólo es para esta vida somos los más desgraciados de todos los hombres” (1Corintios 15, 14-19). La fe cristiana se juega toda en Cristo resucitado; no hay testimonio más unánime en todo el Nuevo Testamento: todos los escritos culminan en que Dios resucitó a su Hijo. Gracias a esta nueva condición de Jesús, la acción salvadora estará siempre presente entre nosotros para ayudarnos a dar el paso y así participar de la vida plena a la cual estamos llamados desde nuestros orígenes. La muerte, el sufrimiento, el dolor, no son más cosas absolutas.
Jesús resucitado no es una aparición fantasmal sino una fuerza renovadora que desde lo más profundo de nuestro ser nos llamará a reconocer su presencia en los acontecimientos de nuestra vida y en los signos de los tiempos. Ahora podemos ver al Señor con los ojos de la fe. La resurrección no ha sido salir del sepulcro para seguir viviendo como antes, con las limitaciones propias de nuestra naturaleza encerrada en un tiempo y en un espacio. Al contrario, resucitar es vivir de otra forma, en la eternidad, con una presencia que se extiende a todo tiempo y a todo lugar. Por eso, Jesús ahora está presente cuando está la comunidad reunida en su nombre.
La resurrección en nuestra vida
Pero como todo acto de fe, se vuelve algo vacío, una cuestión de puras formas y rituales si no lo aplicamos a nuestra vida.
La palabra resucitar, antes que indicar que alguien vuelve a la vida después de la muerte significa que alguien se levanta, y si este levantarse lo tomamos en un sentido simbólico profundo podemos hablar de levantarse a una vida nueva, como quien encuentra la forma de superarse o de realizarse o de lograr sus objetivos. Entonces podemos entender la resurrección de Jesús como un concepto de que es posible encontrar la vida nueva, encontrarnos a nosotros mismos levantándonos de un tipo de existencia poco humana a una más humana. Descubimos que es posible resucitar de un dolor, de una enfermedad, de una crisis de pareja, de un vicio que nos afixia. También puede resucitar un país a la democracia, a la paz, a la libertad, a la justicia y la igualdad social, a la armonía…
Así como el ángel se manifestó a las mujeres diciendo que no busquen entre los muertos al que está vivo, no busquemos la muerte sino la vida: tenemos un Dios de vida, no de muerte No busquemos entre los muertos al que está vivo… pero ¿cuáles son los muertos de nuestra vida? Las ideas muertas, la indiferencia ante las formas sociales injustas que provocan muerte (literal o no), actitudes de muerte como el servilismo, el miedo, las represiones, la pereza, la violencia, las palabras vacías, la anulación de nosotros mismos; la tolerancia a la muerte directa que reina en la pobreza, el hambre, la guerra, las desigualdades, las dictaduras. No seamos nosotros “muertos vivos”, personas amargadas, que no vivimos ni dejamos vivir, resentidos, aguafiestas, sabelotodos dueños de la verdad. Somos muertos cuando tenemos una fe muerta, una fe de las formas y de los ritos, cuando comemos huevo de chocolate sin aplicar en nuestra vida la lo que éste simboliza, cuando seguimos teniendo actitudes muertas que nos llevan a tolerar situaciones de muerte para quienes nos rodean.
La Pascua es Vida: la vida como un paso constante hacia adelante, como un eterno resucitar, levantarnos y seguir. Es vivir la experiencia de renacer cada día, el canto de la vida que nos envuelve en la naturaleza maravillosa que nos rodea. Es el trabajo abnegado y responsable, la constante siembra de todos los campos, la recolección de todos los frutos y saber disfrutar de ellos: los niños que juegan y estudian, los jovenes que piensan y sueñan grandes hazañas (todo comienza en los sueños ideales de las personas); somos vida cuando queremos construir algo nuevo, distinto, mejor, desde la justicia, la democracia y la libertad, la solidaridad con los pobres, el respeto a los otros y a la dignidad del ser humano.
En definitiva, participamos de la resurrección de Cristo siendo agentes de ella cada vez que elegimos la vida y nos comprometemos a ser brotes de vida y esperanza entre los que nos rodean. En cada uno de nuestros intentos de seguir al Maestro, en nuestro intento de amar al prójimo como a nosotros mismos, en nuestras dolorosas renuncias a nosotros mismos, Jesús nos pone la mano sobre el hombro dándonos valentía: esto significa la confianza en que la vida tiene que superar a la muerte, que la posibilidad de transformar al mundo y a la historia es una tarea que tenemos que realizar cada día y que contamos con su ayuda.
Para terminar, y a modo de un saludo de FELIZ
PASCUA, quiero compartir estas palabras del Padre Alberto Hurtado, un beato chileno cuyo mensaje recibí en el Encuentro Continental de Jóvenes de Santiago de Chile en 1998, creo que son palabras que se adecuan a este tiempo pascual, y te las dejo para que las reflexiones… son un hermoso mensaje cuando sentís la desazón ante la tarea de ser la luz del mundo, el brote de vida, cuando te preguntás…
¿Y triunfaremos?
Si. Ciertamente. No lo dudes. El triunfo es de Cristo. La última palabra será suya.
¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Abandónate en sus manos con fe inquebrantable!
Cumple tú la misión que te ha sido confiada, tu pequeña misión, la que sólo tú puedes cumplir.
Tú sólo en la creación puedes llenar esa misión.
Si no la realizas quedará sin hacerse; ¡tu misión!, misión de generosidad.
Haz todo el bien que puedas. No escatimes sacrificio. Date entero. No te reserves nada.
Nada pidas, ni siquiera contemplar tú aquí abajo el triunfo de tu causa.
El soldado que pelea por una causa justa entrega su vida entera porque tiene fe en su causa.
Nosotros tenemos fe en Cristo: suya es la vida y suya es la muerte.
¿Sus planes? Él nomás los conoce…
pero sí sabemos que la salvación del mundo se opera por el dolor redentor.
Él tomó la cruz grande y murió en ella.
Nos convida a nosotros a tomar nuestra pequeña cruz.
Tomémosla valientemente, pues el mundo se redime por el sacrificio.
Aún hay muchos dolores que ofrecer, muchas tristezas que contemplar…
cierto, pero el dolor es la primera etapa: el triunfo la última, la definitiva.
Y aún el dolor en unión con Cristo es paz, es alegría, es nobleza.
¡Qué nobleza igual a la de cooperar a la salvación del mundo con el redentor de los hombres!
Hoy los tiempos son malos… llegarán a ser mejores si cada uno de nosotros cumple su deber.
Nosotros somos el tiempo. Y ¡CRISTO ESTÁ CON NOSOTROS!
Padre Alberto Hurtado. “Actitud del joven católico ante la vida”.
En: Padre Miguel Ortega Riquelme (adap.) Padre Hurtado. Mensaje a los jóvenes. Editado especialmente para el
Encuentro Continental de Jóvenes. Arzobispado de Santiago – Diario El Mercurio. Octubre de 1998


