
Sole fue mi alumna. No la mejor, no aquella que me generaba especial debilidad. Simplemente estaba allí, con sus 16 años, sentada en la fila del fondo, contra la pared, en el lugar que eligen los “barderos”. Desde su rinconcito cuchicheaba con Jennifer, con Lucía que vivía dada vuelta… Y cuando les hablaba, me miraban sus ojos chispeantes bajo el flequillo. Siempre sentí que me lanzaba puñales con su mirada inquisidora, a veces hasta desafiante. Y sonreía de lado, como enigmática… Muchas veces te miraba fijo y no emitía palabra, pero cuando expresaba su opinión solía ser certera. Una piba inteligente.
Pasaron 3 años. Como suele suceder, a los alumnos uno les pierde el rastro. Sabe que son un puñado de sueños dispersos por el mundo, personas buscando su camino, armando proyectos. Yo me fui del cole, ellos egresaron.
Sole tenía sueños, tenía proyectos, estaba buscando su camino. El domingo escuché su nombre en la radio y se me heló la sangre. Corrí al diario… estaba en las policiales, y en los avisos fúnebres. Y me da bronca, porque nadie se preocupó por sacarla en los medios cuando era una luz de esperanza. Ahora que no está, todos la conocen, todos la miran y dicen “qué barbaridad” regodeándose en el horror. ¿Que le pasa a nuestra sociedad, que honra la muerte en vez de alentar la vida, celebrar que tantos jóvenes como ella son luz de esperanza?
Estoy muy conmocionada. Y alguien me pasó este poema, poniéndole el hombro a mi dolor. Y lo quiero dejar aquí, porque uno como docente comparte mucho con los chicos, da todo por ellos, y en momentos como este la impotencia, el vacío, el dolor son mucho más grandes de lo que uno pudiera imaginar.
Bella Sole… descansá en paz…
¿Puedo ver la desventura ajena,
y no entristecerme también?
¿Puedo ver el padecimiento de alguien
sin tratar de aliviarlo afablemente?
¿Puedo ver cómo cae una lágrima
sin sentir que comparto ese dolor?
¿Puede ver un padre que su hijo
llora, sin sentirse henchido de pena?
¿Puede una madre escuchar sentada
el gemido de un niño, el miedo del bebé?
¡No, no! ¡Jamás podría ocurrir!
¡Nunca, nunca podría suceder!
¿Y puede quien le sonríe a todo
escuchar el piar dolorido de los pichones,
las quejas y los reclamos del pajarito,
los gemidos que los bebés emiten?
¿Sin sentarse al costado del nido para
derramar piedad sobre sus pechos;
sin sentarse junto a la cuna
para sumar su lágrima a las del niño?
¿Y no pasar la noche y el día
enjugando todas nuestras lágrimas?
¡Oh, no! ¡Jamás podría ocurrir!
¡Nunca, nunca podría suceder!
Quien brinda a todos su alegría,
se vuelve un niño pequeño,
se vuelve un hombre de pesares,
comparte lo que significa la pena.
No pienses que puedes emitir un suspiro
sin que tu creador acuda a tu lado;
no pienses que puedes verter una lágrima
sin que tu hacedor se te aproxime.
¡Oh! Él nos concede la alegría
para que nuestra pena destruya;
y mientras los pesares no se esfuman
junto a nosotros se queda a lamentarlos.
Sobre el Pesar Ajeno. De “Cantares de Inocencia”, de William Blake
(Gracias ADA!!)